jueves, 3 de diciembre de 2009

Las Dos Puertas


Un largo pasillo, empedrado y oscuro. De repente dos puertas. Dos pomos brillantes de acero, dos ideas, dos miradas, dos mundos. Dos puertas. ¿Cuál abrir? Deseo y razón. ¿Cuál elegir? Siempre se había dejado llevar por el deseo. Era hora de que usara la razón, el pensamiento, la cabeza, como quien dice.
Acercó la temblorosa mano al pomo de la puerta de la derecha. Estaba apunto de tocarlo cuando, de repente, la otra puerta se abrió y una ráfaga de viento lo arrastró a través de ella hacia el vacío. Nada, vacío, ambición, pecado, malicia, eso era todo lo que quedaba de él ahora que se había marchado.
Entonces apareció un pequeño papel que decía:
Desconocido:
Ten mucho cuidado con estas puertas. Nunca desees la razón. Mejor, razona el deseo.
Firma:
‘‘El Diablo del Cielo’’


Rocío Foltran.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Ejecución de una mariposa.


Mari posó sus ojos en la afilada cuchilla. El viento soplaba, las hojas caían, los pájaros cantaban, el arrollo corría. Y luego el silencio. ¡¡Oh silencio!! ¡¡¡Oh mundo mudo!!! ¿¡¿Dónde han ido a parar tus sonidos?!? Entonces las nubes se juntaron y el mundo lloró sus lágrimas sobre el río rojo.

Rocío Foltran.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La Sociedad


Nuevo día. Nuevo sol. Nuevas luces que posan su resplandor sobre viejas calles. Viejos edificios. Viejas plazas. Viejos negocios. Vieja ciudad. Vieja sociedad. Vieja monotonía.
El movimiento empieza a las 6. Antes, silencio. Silencio sepulcral. Sepulcral silencio. Uno a uno, pequeños ruiditos despiertan la ciudad. Monótono. Diez, cien, mil, personas. Una a una, abriendo los ojos y levantándose de su lecho. Algunos preferirían morir en él.
Nuevo día. Nuevo sol. Nuevas luces que posan su resplandor sobre viejas calles. Viejos edificios. Viejas plazas. Viejos negocios. Vieja ciudad. Vieja sociedad. Vieja monotonía.
Igualdad. Cada persona se asea, se viste, tiende la cama. Tal vez nunca la vuelvan a tocar. Con idénticos movimientos pesados y sombríos, van a sus cocinas y desayunan. A las 7 de la mañana, no hay nadie en las calles. No hay nadie en las camas. Hay en las cocinas. Todas iguales. Todas monótonas. Todas marionetas de una lejana esclavitud.
Nuevo día. Nuevo sol. Nuevas luces que posan su resplandor sobre viejas calles. Viejos edificios. Viejas plazas. Viejos negocios. Vieja ciudad. Vieja sociedad. Vieja monotonía.
Ni una gota de café fuera de las tazas. Ni una miga de galletas en la mesa. Nada fuera de lugar. Todo se ordena y se limpia. La cocina queda impecable. Tal vez nunca la vuelvan a pisar. Con idénticos movimientos se cepillan los dientes. Se peinan, si necesitan. Toman sus abrigos. Toman sus llaves. Antes de abrir la puerta a la calle, todos respiran profundo. Tal vez nunca lo vuelvan a hacer. Con miradas sombrías, se preparan para rehacer su rutina. Las manos se posan sobre los pomos de todas las puertas. Nadie desea abrirlas. Nadie desea ver qué hay del otro lado. Aunque ya lo sepan. Aunque, tal vez, nunca más lo vuelvan a ver.
Nuevo día. Nuevo sol. Nuevas luces que posan su resplandor sobre viejas calles. Viejos edificios. Viejas plazas. Viejos negocios. Vieja ciudad. Vieja sociedad. Vieja monotonía. Pero hoy es un día distinto.
Al abrir las puertas, descubren que el sol brilla más. El aire es más puro. Los pájaros… ¡Oh, Dios santo! Los pájaros cantan. ¡Qué música tan bella producen aquellos animalitos! De repente todos recuerdan haberla escuchado antes. Casi se habían olvidado, pues todo parece muy lejano. Un ruido diferente resuena en la ciudad. Un ruido majestuoso, sonoro, alegre, quizá. Es una trompeta. Pero una diferente a la que venían escuchando desde no se sabe cuando. Una a una, sonrisas de alivio se dibujan en las caras de todas las personas. Marchan despacio hacia la casa de gobierno, con el corazón en la garganta. No puede ser verdad. Al llegar, descubren que todo cambió. Ya no es blanco y negro. Ahora hay color. Adiós para siempre, régimen.
Nuevo día. Nuevo sol. Nuevas luces que posan su resplandor sobre viejas calles. Viejos edificios. Viejas plazas. Viejos negocios. Vieja ciudad… Nueva sociedad. Adiós, monotonía.

Rocío Foltran

jueves, 22 de octubre de 2009

Sentimientos


Todas sus penas y sus lamentos fueron resumidos en una sola, pequeña y brillante lágrima, que rodó lentamente por su cara hasta depositarse suavemente sobre el suelo. El funeral de Matt terminaba.
-Vámonos- le susurró su hermana al oído.
Sus piernas se movieron pesadamente al caminar de regreso a su casa, pero ella no se dio cuenta. Todo lo sucedido en la última hora volvía a su memoria, como cuadros de una película. No podía concebirlo. No podía ser verdad. Era demasiado doloroso.
Al llegar a su casa subió las escaleras y se dirigió a su habitación. En el camino saludó a su perrito Lui, que cariñosamente se le había acercado al notar algo triste en su mirada. Sus ojos se encontraron y la nariz húmeda del perrito rozó suavemente su mano, en señal de que entendía su dolor y de que la acompañaría siempre. Luego Nadin entró a su habitación y se recostó en la cama. Pero no podía dormir, ni pensar. No podía comer, ni reír, ni llorar. Se sentía vacía por dentro. Todas sus emociones se habían ido a donde fuera Matt, y no podía encontrarlas. Y creyó que no las encontraría jamás.

* * *
Horas más tarde, anochecía, y la madre de Nadin subía para despertar a su hija. Se acercó a ella y la sacudió suavemente. Nadin estaba despierta, pero no quería abrir los ojos. Finalmente, se incorporó y se abrigó, ya que había refrescado. Tomó su mochila y se dispuso a hacer los deberes, pero la muerte de Matt la había dejado con la mente turbada. Entonces se sentó en una silla junto a la ventana y perdió la vista entre las hojas de los árboles que se veían.
La madre le subió la merienda. Nadin tomó lentamente la taza caliente entre sus manos y fijó la mirada en la bandeja. En la pulida y brillante bandeja donde podía ver su reflejo. En la bandeja de acero, como un cuchillo. Ante tal pensamiento Nadin se estremeció. Pensó en Matt y en la amistad que habían llevado durante tantos largos años. ¿Le habría perdonado todas las cosas que le había hecho durante ese tiempo? Tal vez sí, pero ella no se perdonaría nunca. Jamás se perdonaría todas las maldades que le había hecho. Y menos perdonaría a su mano hundiendo prolijamente aquel cuchillo en el pecho de Matt. Pero todo estaba hecho ya.

Rocío Foltran

miércoles, 14 de octubre de 2009

La Playa


Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.
El calor lentamente comenzó a hacerse sentir en aquella costa hecha de marfil. Las nubes habían escapado al ver al sol despertarse, permitiendo a sus rayos alcanzar la tierra. Algunos pájaros tropicales empezaban su canto y se unían al ruido de las olas. Unos pequeños cangrejos salían de sus escondites a tomar algo de sol e internarse luego en el agua. La playa iba cobrando vida. Sin embargo, aquel cuerpo seguía inconsciente.
Tras la insistencia del calor y las olas, los ojos de aquel hombre se abrieron con pereza. Con una de sus manos se cubrió los ojos, ya que la luz era demasiado intensa. Estaba mareado y confundido, y se incorporó lentamente. Recorrió con los ojos el panorama que se extendía a su alrededor, y su corazón latió con más fuerza y más rápido que antes. Estaba asustado. No sabía dónde se encontraba. No reconocía aquel lugar. Temía estar perdido en el medio del océano sin remedio.
Trató de calmarse y respiró profundamente. Intentó pensar de manera práctica y aclarándose la mente, decidió que lo primero y principal era conseguir agua y alimento. Sino, no duraría mucho en aquel lugar. Se incorporó, con la ropa endurecida por la sal marina, y sintiendo mucho calor. Se quitó el abrigo y se encaminó hacia la sombra que ofrecían los árboles de la selva que se extendía más allá de la costa. Era difícil caminar sobre la arena, pero pronto llegó a destino. Adaptando la vista a aquel ambiente más oscuro, se internó en la espesura.
Exploró el lugar hasta que encontró un angosto río de aguas cristalinas. La selva era un lugar de aspecto pacífico y tranquilo, especialmente abundante en pájaros de todos los colores. Se quitó la ropa acartonada y se dio un baño. El agua estaba fresca y calmaba un poco el calor agobiante que empezaba a invadir todo. También bebió una buena cantidad de líquido, y se dio cuenta de que más adelante debería encontrar alguna forma de abastecerse. Se vistió con lo más ligero que llevaba y buscó comida. En esa parte de la isla no había árboles frutales, por lo que decidió acercarse a la playa y bordearla. ¿Isla? ¿Estaba seguro? Bueno, debía ponerle un nombre a aquel lugar. Pero la palabra “isla” lo aterrorizó enormemente.
Cuando volvió a la costa, dirigió la mirada hacia la inmensidad del mar que se veía desde allí. Algo le llamó la atención. No había rastros del barco ni de ningún otro tripulante. Pero recordó que ninguno de los otros marineros, ni él mismo, habían divisado tierra en ningún momento. No recordaba que hubiera tierra en aquella parte del océano. ¿Cómo había llegado hasta allí, entonces? Lo había arrastrado la corriente, quizá. Pero se debería haber ahogado. No entendía. El sol le quemaba la cabeza, así que decidió no darle más vueltas al tema y siguió caminando, pero al abrigo de la sombra.
Luego de un rato de mucho caminar, se sentó a descansar. Si no encontraba frutas debía entonces comer carne o pescado. Hizo una mueca, y recordó que había guardado un encendedor en su bolsillo del pantalón. Su rostro se iluminó y rogó que todavía funcionara. Lo buscó casi frenéticamente y lo encendió. Para su alivio, una llama azul se asomó. Por primera vez, dio gracias por fumar. De repente, un súbito movimiento y ruido de hojas lo sorprendió varios metros lejos de allí. Él se dio vuelta al instante, congelado. Esperó unos instantes pero nada ni nadie se asomó por entre la maleza. Se calmó y pensó que probablemente había sido algún animal. Se olvidó del tema y procuró pescar algo para comer.
Horas más tarde se hallaba sentado sobre una piedra plana contemplando el atardecer. Cerca de él, una pequeña fogata crepitaba alegremente. El calor estaba amainando y todo estaba en calma. Sus pensamientos vagaban sin rumbo específico hacia atrás en el tiempo. Por alguna extraña razón no podía recordar nada de lo sucedido. Recordaba el barco, pero luego todo se nublaba y sus recuerdos saltaban directamente al momento en que se despertó en la playa. Quizá se había golpeado la cabeza en ese instante y había quedado inconciente. Todavía era un misterio para él cómo había llegado hasta allí sano y salvo. Y qué había pasado con el barco y los demás tripulantes. Tal vez alguno había sobrevivido y se encontraba en otra parte de la isla. Debería investigar.
El sol terminó de esconderse y la noche se cerró, sólo iluminada por las estrellas y la luna creciente. El hombre se abrigó y se acercó al fuego. Había juntado una buena cantidad de ramas y hojas para usar como leña, así que no le preocupaba que se apagara durante la noche. Aún así estaba intranquilo. Algo le molestaba por dentro. La selva estaba en calma y las estrellas le guiñaban amigablemente desde el cielo oscuro. Pero algo de todo esto le hacía desconfiar. A pesar de todo, se acomodó como pudo en la arena esponjosa y se durmió enseguida.
A las pocas horas se despertó sobresaltado. Un sonido grave provenía de las profundidades de la selva oscura. Se incorporó de golpe y con sorpresa descubrió que el fuego estaba apagado. Un escalofrío le recorrió la espalda. No sólo se debía al frío, que era tal que lo hacía tiritar. Su mirada se clavó en los árboles inmóviles. Su respiración se agitó y escuchó el sonido de sus latidos en las orejas. Un arbusto tembló. La curiosidad fue más fuerte que el miedo y se levantó y caminó en dirección del arbusto.
El sonido proveniente de las profundidades de la selva era hipnotizante. Algo en él hacía que no pudiera dejar de caminar en su dirección. Otro arbusto tembló. El hombre siguió caminando sin pensar. No sabía lo que estaba siguiendo, pero era indudable que lo atraía hacia él. El sonido era un mero susurro, casi una llamada. Siguió caminando. El ruido aumentó su intensidad. Era familiar, pero no sabía a qué asociarlo. Más allá, un claro interrumpía la espesura continua.
Llegó hasta el claro, y con temeridad entró en él. Una luz enceguecedora lo sorprendió y un pitido agudo lo dejó sordo.

* * *

Un movimiento vertiginoso lo mareaba. El lugar mullido donde su cuerpo yacía se mecía a un ritmo familiar. Abrió los ojos. La oscuridad al principio no lo dejó ver, pero la luz de la luna se filtraba por la ventanita de su pequeño camarote. Confundido, se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Todas sus pertenencias estaban en su correcto lugar, y la luna indicaba que su siesta había durado más de lo previsto. Entonces recordó que debía cambiar el turno de la guardia y le tocaba a él. Salió rápidamente y fue a su puesto.
Mirando las nubes amontonadas tapando a las estrellas, reflexionó un buen rato. Las olas golpeaban un poco bruscamente el navío, y un viento fresco lo despeinaba. Había sido tan real… y sin embargo había durado solo unos pocos minutos, todo producto de su inconciencia. Pero él estaba seguro de haber sentido esa arena esponjosa, ese calor agobiante, esa desesperación, esa hambre, ese miedo… Aunque ahora que lo pensaba mejor, no podía estar seguro de haberlo sentido realmente. Lo sucedido se convertía en memorias borrosas en su mente, y decidió no darle más importancia que a un sueño común y corriente. Sólo se debía al temor que le causaba siempre estar tan lejos de casa.
El viento aumentó su intensidad y las nubes comenzaron a llover sobre el océano. El hombre suspiró. Le gustaba sentir la suavidad de las gotas cayendo sobre su rostro. Pero aquella suavidad no duró mucho tiempo. Las olas golpeaban frenéticamente el barco tratando de abrazarlo y hundirlo. La lluvia caía a baldazos y el viento chillaba a su paso. En el navío la alarma se expandía y los marineros trataban de manejarlo como podían. Él se unió a los otros y se dispuso a ayudarlos. No estaba asustado. Ya habían pasado por tormentas como aquella y habían sobrevivido perfectamente. Esta vez no sería diferente. O eso creía él.
La tormenta aumentó su intensidad, y el mar azotaba cada vez más a aquel intruso que se dignaba a navegar sus aguas. La tripulación hacía intentos desesperados, pero la naturaleza les ganó la partida. Estrechó sus lazos de agua salada alrededor del barco y se lo llevó hacia las profundidades. La lluvia emborronaba la visión, y el navío desapareció de un momento a otro. Satisfecha, la tormenta amainó y las aguas se calmaron.

* * *

Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.

Rocío Foltran

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Bosque


Una gota cae. Su tinte rojo carmín tiñe la superficie a medida que se dispersa. Otra gota que cae. La mancha se diluye y va tomando una coloración violácea, producida por el matiz azulado del río. El río, en calma. Otra gota carmesí cae. Un quejido de dolor la acompaña en su trayectoria.
Sus ojos, hinchados, se entrecierran y su boca, del color de las gotas que manan de su brazo izquierdo, se tensa en una mueca de disgusto. Trata de detener aquel derrame que ya tiñe gran parte del agua a su alrededor.
Sabe que va a morir. Está seguro. Lo asume. Lo acepta. No sabe si en cinco minutos, dos horas, o tal vez (este pensamiento lo esperanza) en diez años. Él sólo quiere retrasar lo inevitable.
Su mano derecha sostiene un pañuelo sobre la herida. No es la única, pero sí la más grave. Sus ojos miran con indiferencia su mano izquierda, que intenta mover los dedos, aunque ya ha perdido un poco de sensibilidad. Luego de un rato, su mirada se dirige al horizonte. El sol se acerca, casi lo toca. Sabe que debe llegar antes de la noche si quiere vivir. Ahora su mirada se posa en los árboles a su alrededor. Dicen que hay muchos animales salvajes. Él sabe que es verdad, y por eso debe apurarse.
Las gotas siguen cayendo. Pero son cada vez menos. El pañuelo, antes blanco, tiene el color del vino tinto. Con su brazo ileso corta una tira de tela de su camisa, y la ata fuertemente sobre el corte profundo que parece mejorar un poco. Se levanta despacio y sus fuertes piernas vuelven a soportar su peso. Tambaleándose levemente, se dirige hacia lo que piensa que es el Este. Cojea un poco, ya que su pierna derecha está malherida a la altura del muslo.
Nuevas gotas caen, pero ahora tiñen el pasto y la hierba. Él camina, sin darse cuenta de que va dejando un rastro tras de sí. Sin saber que pueden seguirlo. Sin saber que su olor puede atraer compañía indeseada.
La oscuridad avanza lentamente sobre el bosque. Él dirige todos sus pensamientos en una sola dirección: debe llegar antes de que sea completamente de noche. Con un gran esfuerzo pone un pie delante del otro. Pone toda su voluntad en seguir caminando a través de la densa maleza. Cada tanto se detiene para tomar agua de la pequeña botella que lleva en un bolso. Sin embargo siente que cada vez tiene más sed.
El hambre lo empieza a atormentar, pero sólo posee unas pocas galletas y una lata de guisantes. Podría cazar, pero su estado se lo impide. Luego de caminar un kilómetro con el hambre a cuestas, se sienta en un claro a comer lo único que tiene. Mientras, mira a su alrededor, y piensa.
“Maldito animal salvaje”. Su mente vuelve atrás en el tiempo y recuerda el inicio de su expedición, que parecía tan prometedor en su principio. Se arrepiente de haberse metido tan profundo en la espesura del bosque. Aquello que antes lo hacía tan feliz, ahora le remuerde la conciencia. Y se habían topado con una bestia, un animal descontrolado y salvaje, que terminó con la vida de sus dos compañeros y casi con la de él. Él logró defenderse con su cuchillo de caza una vez que las balas de su rifle se terminaron. El animal falleció, pero él ahora se encuentra solo, y sabe que si no llega a la civilización antes de que el sol se termine de esconder, será muy tarde para él.
La comida se acaba rápidamente, así que toma otro trago de agua y sigue caminando hacia lo que cree es el Este. Trata de ir más rápido, ya que la oscuridad sigue avanzando a pasos agigantados. Camina y camina, pero los árboles son todos iguales y nada cambia en el paisaje. Camina y camina, pero lo único que cambia es la oscuridad creciente. Teme estar perdido, pero cree haber caminado todo el tiempo en línea recta. En algún momento tiene que llegar a algún lado. En algún punto el bosque y su espesa maleza deben terminar.
A pesar de haber comido, el hambre sigue haciéndose sentir. Cada vez tiene más sed, pero se niega a tomar más agua dado que le queda poca cantidad. Le empieza a doler la cabeza, y siente que su visión se nubla un poco. Tiene calor, a pesar de que a medida que la oscuridad avanza, también lo hace el frío. “Debo haberme infectado”, piensa con seriedad. Alguna de todas aquellas heridas debió haberse infectado. Esto le preocupa, y trata de caminar más rápidamente.
El dolor de cabeza se acrecienta, así como la oscuridad. Empieza a tener miedo. Las sombras lo asustan enormemente. Quiere llegar, pero su pierna cojea y la herida del brazo vuelve a dolerle. La sed se le hace insoportable, y de un trago vacía su botella de agua. La tira a un costado, junto con el bolso que ya no le sirve para nada, y sigue avanzando. La densidad de la maleza no disminuye. La oscuridad crece. Su impaciencia aumenta. Pero algo más surge de las profundidades de su ser.
DESESPERACIÓN.
Su respiración se torna entrecortada mientras avanza a trompicones tratando de llegar a alguna parte. Su pierna malherida se resiste. En algún lugar lejano del bosque, se oye el aullido de un animal. El miedo y la desesperación se apoderan de él. Los árboles siguen siendo iguales, y el paisaje sigue sin cambiar. Su cabeza estalla de dolor, su boca está completamente reseca, su piel hierve y su visión se hace cada vez peor. Va a morir. Lo presiente.
Sus fuerzas lo abandonan casi completamente. Se pone en cuatro patas y gatea por la hierba. De repente siente más hambre que nunca en su vida. Ya no lo soporta. Cada milímetro de su cuerpo le duele o le molesta. Pero él sigue avanzando. Aunque ya no tiene esperanza. Va a morir. Va a morir. Va a morir.
La oscuridad es casi completa, y la luna empieza a hacerse camino entre las hojas de los árboles. Su mano choca contra algo duro y siente el dolor punzante de algo clavándosele en la piel. Y entonces escucha el aullido de un animal muy cerca de él. Pánico. Alguna bestia lo ha seguido y planea cenar con él. Va a morir.
Gatea hacia delante torpemente. Lo único que siente es dolor, miedo y pánico. Pánico total. Sigue sintiendo pequeños y cortos aullidos, cada vez más cerca. La inconciencia empieza a avanzar sobre su ser. No sabe por qué aquel animal tarda tanto en acabar con él. “Tal vez lo esté disfrutando”, piensa. Sin embargo, le parece que aquellos aullidos llevan algo de dolor en su sonido. “Quizá esté lastimado.”, piensa. “No importa, que acabe conmigo de una buena vez.”
Sus fuerzas terminan de abandonarlo. Se deja caer sobre el suave césped. No escucha nada más que el sonido del viendo entre las hojas sobre él. De repente se oye un aullido casi humano, casi animal, muy cerca de él. Y se da cuenta de que es él mismo. Nadie lo acompaña en su soledad. Su soledad perdida en aquel bosque infernal, donde sólo el viento y la luna se abren camino entre los árboles para llegar hasta él. Cierra los ojos, y todo se vuelve negro. “Muero.”

* * *

El sol de un nuevo día se alza sobre el horizonte y sus finos rayos se cuelan entre la maleza. Con una punzada de dolor en sus ojos, los abre. Se alegra al comprobar que todavía está vivo, y que parece mejorar, ya que su visión es perfecta. Tiene los músculos agarrotados, y se siente extraño. Se incorpora y llena sus pulmones de aire. Le parece más puro que la noche anterior. Qué alegría que es estar vivo. El bosque y sus árboles se le hacen amigables. Ya no tiene miedo.
Se levanta, pero nota con extrañeza que sus ojos están más cerca del suelo que lo habitual. Ya no siente las heridas y su cabeza no le duele, aunque tiene calor y algo de sed. Camina un tramo, y escucha el sonido reconfortante del agua corriendo suavemente por su curso. Él trota alegremente hasta que encuentra un arroyo cristalino. Se acerca despacio a la orilla, se inclina y estira un brazo.
Queda paralizado del horror. No es su rostro el que le devuelve la mirada en la superficie espejada del agua, sino uno peludo, de ojos oscuros y mandíbula alargada. Sólo reconoce en él mismo el terror en su mirada.

* * *

El atardecer de otro día se cierra en el bosque, y un lobo de aspecto afligido camina lentamente por entre sus árboles, en las cercanías de un pueblo. Dirige la mirada hacia atrás con tristeza, y se interna en la espesura.

Rocío Foltran

jueves, 24 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 3


Los días con sus lentas horas y minutos pasaron, y aquel especial llegó.

-Estoy listo. Vamos- dijo Guillermo, decidido.

Una lágrima cayó por su mejilla mientras ella parpadeaba lentamente.

-No puedo. No… no es tu hora. Te quedan cosas que hacer todavía- susurró-. Debes quedarte. Debo irme. En otro momento será…

-Pero…- replicó Guillermo.

-No. Vete. Incluso el destino puede cambiar.

-Hasta luego, entonces- se despidió el hombre.

-Nos veremos- sonrió ella-. Esto no es un adiós.

Él se acercó y posó sus labios en su mejilla, sintiendo cómo ella se estremecía.

Se dio media vuelta y se alejó. Ella cerró la puerta tras él.

Se llevó una mano a donde él le había dejado un beso de despedida.

-Qué curioso- comentó-. La Muerte encontró a la Vida.

* * *

Guillermo Rodríguez vivió hasta los 120 años. Fundó organizaciones de caridad, ayudó a gente enferma, dio casa a los desamparados. Llevó comida a los hambrientos, llevó paz a lugares desesperanzados.

Hasta que un día, recostado en la cama, vio por la ventana a una viejita de párpados caídos, y ojos negros y sombríos.

Él no tenía miedo. Él la estaba esperando.

Ella lo estaba esperando.

Se fueron de la mano.



Rocío Foltran

lunes, 14 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 2


A la mañana siguiente, Guillermo creyó que había soñado. Miró la fecha en el despertador de la mesita de luz y vio que efectivamente el día anterior había transcurrido.

No le había contado a nadie del asunto, y no pensaba hacerlo. Esperaba que no hubiera sido realidad. Esperaba que desapareciera de su mente. Esperaba no volver a verla.

Estuvo intranquilo toda la mañana. En el trabajo estaba más distraído y nervioso que nunca. No dejaba de mirar por la ventana. No la vio hasta que salió.

Como una sombra lo acompañó todo el camino a su casa. Le pareció que las demás personas no la podían ver. Nadie se inmutaba.

Llegó a su casa y, al igual que el día anterior, la dejó pasar. Ninguno dijo nada. Nada hasta que se sentaron uno frente al otro. Sus miradas se cruzaban en silencio. Él tenía miedo. Ella no, porque no podía sentir.

-Bien, vayamos al grano.

Guillermo se asustó. No quería acompañarla.

-Voy a quedarme cerca tuyo por un tiempo. No saldré de la casa, pero estaré aquí cuando estés aquí. Seré tu sombra. Quiero revivir. Seré tu sombra. Quiero recordar. Seré tu sombra. Quiero entender. Seré tu sombra.

Él sabía que no podía negarse, así que se quedó en silencio. No estaba seguro de poder estar tranquilo con ella cerca. Pero antes que otra cosa…

Ella sonrió, se levantó y se dirigió hacia la puerta.

-¿No es la hora?- preguntó él con un hilo de voz.

-Todavía no- la puerta se cerró.

* * *

El resto del día transcurrió lento y tranquilo, sin noticias ni huellas de ella. Ni que ella dejara huellas.

El día transcurrió lento y tranquilo, pero Guillermo no. Por la noche se recostó en su cama a reflexionar. No sería tan malo… una vez que se acostumbrara… “Que feo debe ser ser Ella” pensó en un momento. “Vivir perdido sin vivir.” Temiendo que ella pudiera leer sus pensamientos, se dio media vuelta y se quedó dormido enseguida.

Soñó con desiertos interminables, con mares profundos, con bosques a la luz de la luna, con praderas llenas de flores, con montañas nevadas… Y una sombra, una sombra que se erguía sobre todo y de la que Guillermo trataba de escapar. Por más que corriera y corriera no se alejaba. Se despertó transpirado y enrollado en las sábanas. Se tocó la frente y notó que estaba hirviendo. Llamó al trabajo y se quedó en la casa todo el día.

No supo de ella ni la vio en ningún momento. Eso lo alivió un poco y recuperó algo de la tranquilidad perdida últimamente. Apenas vio un atisbo de ojos negros.

Pasaron semanas y las cosas siguieron igual. Hasta que un día ella apareció en la cocina, en donde Guillermo estaba merendando un café con leche y un tazón de cereales. Se movió lentamente hacia la silla ubicada enfrente de él.

Guillermo tragó saliva y preguntó: -¿Ya es la hora?-

-Todavía no- sonrió ella-. Anduve vagabundeando por tu casa y otros lugares. Recordando. Y ahora me toca ser tu sombra.

-Bueno- respondió Guillermo. Hasta él se sorprendió. Estaba más tranquilo y ya no le asustaba tanto su presencia.

* * *

Las hojas de los árboles pasaron de verdes a secas y cayeron. Las flores se marchitaron y se murieron. El calor se esfumaba y el frío se acercaba.

Y Guillermo seguía igual. Seguía igual, pero con una diferencia. Ya no le molestaba su presencia. Se había acostumbrado a verla vagabundear por ahí. A veces se sentaba al lado de él a mirarlo. A veces no. Nunca hablaba. Aunque él juraría que una vez la escuchó llorar.

Ella ya no le molestaba para nada, hasta a veces se alegraba de tenerla cerca. Ya no se sentía tan solo.

Él no la molestaba para nada, se alegraba de tenerlo cerca. Ya no se sentía tan sola…

-¿Falta mucho?- preguntó Guillermo con serenidad alguna de aquellas noches, sentado junto al fuego de la chimenea.

Ella dudó.

-No…

Empezaron a hablar. Ella le hacía muchas preguntas. Esto a él le causaba algo de gracia. Juraría que una vez ella estuvo a punto de reír… de reír de verdad.



Rocío Foltran

martes, 8 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 1


[Dedicado a Calu, porque compartimos la pasión de la literatura en mayor o menor medida, y por confiar en mi ♥]


Guillermo Rodríguez era normal, un hombre normal. Soltero, mediana edad, era científico y médico y trabajaba en un laboratorio en la Capital. Se preocupaba por los demás y era amable con cualquiera, sin importarle quien fuera. Era querido y respetado por todos sus amigos. Normal y corriente.

Hasta que un día se sintió perseguido. No entendía por qué, pero se ponía nervioso. Miraba a través de las ventanas con aprensión. A veces le parecía que unos ojos negros y sombríos lo seguían.

-Jaja, es que estás muy solo- le comentó una amiga uno de esos días. Él se había animado a contárselo a ella, que era buena escuchando y dando consejos. Ahora se arrepentía un poco, mientras la sangre le subía a la cara y sentía el calor que despedía.

-En serio, no sé como nunca te casaste. Tuviste novias, ¿cierto? Será que nadie es tan bueno como para vos, como para merecerte- dijo ella tiernamente.

Guillermo siguió así por un par de semanas. Hasta que un día la vio. La vio desde la ventana de su oficina en el trabajo.

Pelo negro hasta los codos. Lacio y opaco. Piel pálida como la nieve. No, no era Blancanieves. Sus labios apenas tenían color y sus ojos, de párpados caídos, eran negros y sombríos. Había algo oscuro en su mirada, algo incluso triste. Daba miedo mirarla. Guillermo sintió algo frío en el estómago, y una leve sacudida en las tripas le hizo bajar la mirada.

Cuando salió no la vio.

Cuando llegó a su casa sí.

Guillermo se quedó duro, mirándola pero evitando sus ojos. Ella se acercó despacio.

Él no supo por qué lo hacía, pero abrió la puerta de su casa y la dejó entrar. Ella caminó en silencio hacia el sillón de la sala de estar y se acomodó allí. Él se sentó enfrente.

Él y ella. Ella y él. Se miran. No hablan. Ni un sonido. Ella. Ella, la sombra. Ella, eterna. La que da miedo. La que temen.

-Supongo que ya sabrás quién soy y qué hago acá- dijo ella por fin.

Él asintió lentamente con la cabeza. Aunque no supo cómo ni por qué. Aunque creyó que cinco segundos atrás no sabría responder a la pregunta.

-Bueno… tanto mejor…- suspiró ella. Miró un segundo hacia el tramo de calle que se veía desde la ventana de la sala de estar. Luego volvió a mirarlo a él y sonrió. “Una sonrisa macabra”- pensó Guillermo.

En un intento de evitar sus ojos, bajo la vista y se encontró con unas manos blancas y limpias. Limpias de todo vestigio de vida. Y entonces vio algo que le heló la sangre. No había nada en sus manos. Nada. No había líneas ni arrugas. No tenía líneas en las palmas. Ella se dio cuenta de su mirada y lo que acababa de ver. Tendió sus manos hacia el hombre asustado que tenía enfrente y sonrió aún más.

-No… no hay líneas. Y no me sorprende que te asustes. Preguntá lo que quieras. Esas cosas que pasan ahora por tu cabeza, por ejemplo. Tenés derecho a saber.

Guillermo tragó saliva y se animó a mirarla a la cara. Algo en él se relajó y un montón de palabras sin sentido brotaron de su boca. Volvió a tragar saliva y empezó de nuevo.

-¿Por qué tus manos no tienen líneas? ¿Ni huellas digitales siquiera?

Ella rió con una risa fría y sin alma.

-No, nada. ¿Por qué? Porque no tengo vida. Qué pueden mostrar mis palmas si no hay nada más que lo que ves adelante. Ni vida ni alma tengo. Una vez tuve…- dijo de repente. Como si se hubiera dado cuenta de lo que acababa de decir, agregó- pero ya no recuerdo.

-Contame. Quiero saber- dijo exaltado Guillermo.

Ella lo miró casi con severidad y él se asustó.

-No me tengas miedo. La gente me teme y no sé por qué. Yo no le hago daño a nadie. Sólo soy el capitán del barco y ayudo a la gente a hacer su travesía. Más bien un remero, del río Estigio[1]. Yo no obligo a las personas a viajar. Las ayudo cuando deben hacerlo. Yo no hago el destino.

Guillermo sintió el peso sobre su pecho aflojarse. Pensó y reformuló el pedido.

-Eh… ¿Siempre exististe? ¿Siempre te encargaste de… los remos?

Ella se acomodó en su asiento y habló suavemente. Una suavidad peligrosa. Peligrosamente dulce y macabra a la vez. Como un cuadro de Mark Ryden[2].

-Tengo demasiados años como para contarlos. Pero no existí siempre. Un día me dieron vida y nací. Y crecí y tuve una vida común. Fui mujer una vez. Hace demasiado tiempo. Demasiado.

Guillermo no entendía. ¿No era ella l…?

-Alguna vez los hombres fueron inmortales. Alguna vez vivían para siempre. Hasta que uno se cansó. Uno y muchos se cansaron. No podían hacer aquel viaje, que ahora tanto temen, porque su condición se los impedía. Necesitaban ayuda. El soberano de la tierra donde yo vivía se cansó y quiso encontrar la manera. Consultó miles de hechiceros y magos. Hizo lo imposible. Se intentó suicidar de mil y un maneras. Pero el río lo devolvía. Era su tortura y tormento.

-¿Por qué querían morir? ¿De qué se podían llegar a cansar? ¿No es bueno vivir para siempre?

-El hecho de ser inmortales no los hacía inmunes. Ellos también tenían enfermedades, dolores y sufrimientos. Algunos eternos como su vida. Muchos querían que eso terminara. Imagina dolores terribles causados por una enfermedad. E imagina que no se puedan acabar nunca, porque tu propia vida no termina nunca. Algún día entenderás. Algún día entenderás que hay cosas que deben encontrar su fin alguna vez. Algún día entenderás que hay cosas peores que cruzar el Gran Río[3].

Guillermo asintió. Le costaba imaginarse eso, pero pensó que hubiera preferido que terminase.

-Ahora bien, encontró la manera. Alguien debía sacrificarse para ayudar a las personas a pasar al otro lado. Alguien puro y sin miedo al más allá. Debían extraerle alma y vida a través de rituales sumamente complicados… y dolorosos. Me eligieron a mí. Me encargaron vivir en el abismo entre dos mundos. No quise, pero no tuve opción. Estuve por miles de años viviendo sin vivir, solitaria, sólo rodeada por sombras humanas. Sin poder comer, ni beber, ni amar, ni llorar, ni morir…

Ella suspiró con un dejo de tristeza que no llegaba a ser.

-Ya ni recuerdo cómo son los sentimientos y las emociones… Fue hace demasiado tiempo. Ya no importa- agregó finalmente-. Vuelvo mañana.- Se levantó despacio y desapareció por la puerta de la casa.

Guillermo dudaba que no le importara.

[1] En la mitología, río de la muerte. Las personas debían cruzarlo una vez que morían para llegar al infierno o el cielo.

[2] Pintor estadounidense de obras góticas y oscuras. Su pintura más famosa es “Rose”, en la cual hay una niña llorando sangre. Es muy dulce, triste y macabra a la vez.

[3] El “Gran Río” se refiere al Estigio. (Ver nota 1)



Rocío Foltran