miércoles, 22 de diciembre de 2010

Season*



La fría brisa del invierno,
helado soplo de la tierra,
levantando las marchitas hojas,
sepultando cada flor caída.

El pálido sol se oculta,
las esponjosas nubes lo tapan.
Llora perlas el cielo,
blanquesino y dulce hielo.

Abrázame, frío polar.
Entumece mis sentidos.
No me dejes despertar,
llévame contigo.

Congela la sangre
fluyendo por mis venas.
Escarcha mis lágrimas,
condensa mi aliento.
Sumérgeme en tu blanca luz
y cúbreme con tu suave nieve.
Áspera piel sobre mis pómulos,
bésame con tus fríos labios.

La fría brisa del invierno
despacio levanta su tormenta.
El sol amanecido la echa...
primavera, por qué eres tan cruel?

R. B. Foltran

martes, 2 de noviembre de 2010

Quisiera ser la Luna



Quisiera ser la luna,
glotona, brillante, fiel.
Ojos de roja envidia.
Belleza que hiere y deslumbra.
Corazones humanos que cautivas,
Poetas que te nombran y elogian.
Dulce néctar de la noche.
Quisiera descansar en lo alto,
repartir haces de diamante,
vivir entre algodón de azúcar.

R. B. Foltran

viernes, 1 de octubre de 2010

Espejado


Un sollozo se ahoga en tu pecho. La angustia nada en aquellas lágrimas cristalinas que no paran de gotear desde tus ojos apagados. La respiración se entrecorta. La cabeza te da vueltas, las palabras se quiebran antes de separarse de tus labios. Un dolor agudo y punzante te desgarra por dentro. Como el hielo al desquebrajarse. Como una vasija se rompe al estrellarse contra el suelo, estallando en mil pedazos pequeños. Así te rompes por dentro. Tu corazón sangra. Sangra en una herida abierta brutalmente.
Tu mirada vacía y exhausta se encuentra en un espejo. Odias lo que ves. Tu rostro te devuelve una imagen sin color, nebulosa. Tus manos temblorosas acarician la arrugada piel debajo de tus ojos apagados. Sigue húmeda, puesto que las lágrimas no paran de caer. Y naufragas en las lágrimas, ahogándote y siendo revolcada continuamente por olas de sentimientos encontrados. Sentimientos a los que ya no les encuentras sentido. Sentimientos que se agolpan en un remolino y no dejan de girar, confundiendo aún más lo ya confuso. Tu pecho se contrae espasmódicamente con cada sollozo que no termina de proyectarse. Muere en la garganta, llenándote aún más de congoja. Congoja de la que no terminas de liberarte. Se aferra a ti, a tu corazón roto, a tu alma quebrada, a tu sangre hirviente bajo aquellos pómulos sonrosados.
Tus débiles dedos reposan sobre la fría superficie espejada. Absorben ese frío, lo asimilan, lo sienten en cada fibra. Quieres frío. Helada eterna. Quieres destruir aquella imagen que no para de recordarte lo que ya te destruye por dentro. Quieres que acabe. Ya estás descosida completamente, los retazos ya no se pueden remendar. Apoyas cada centímetro de su dolorida piel sobre el espejo, como si quisieras unirte con su reflejo.
Ya no estás. Del otro lado ya no te ves. Dejaste toda la agonía detrás de ti. Del otro lado hay paz. Y como Alicia del otro lado del espejo te adentras en otro mundo, esperando que aquel no sea tan cruel contigo.

R. B. Foltran

domingo, 19 de septiembre de 2010

Deseo


Mirada cansada.
Angustia retenida en una pupila.
Mar de proyecciones, deseos,
fracasos, decepciones.
Un subrepticio querer,
querer florecer como una rosa,
abrirse como una palma,
estirar las alas, dejarse
llevar por el viento.
Un querer que nunca
llega a la superficie.
Se ahoga en su mirada exhausta.
Naufraga en sus lágrimas secas.
Se extingue en sus ánimos caídos.
Y su muerte, sabor agrio,
amargo en la punta de la lengua.

R. B. Foltran

lunes, 6 de septiembre de 2010

La oscuridad y la luna



Duele, gotea, sangra,
el infame buscar lo que no hay,
lo que no existe, lo que se perdió.
El latente deseo de no ser,
de desaparecer, de escapar.

Brilla, lejana, radiante.
sonríe, boca de cristal,
pétalos al viento, mar plateado.
El desesperado intento de huir,
de unirse a ella, de terminar.

R.B. Foltran

lunes, 23 de agosto de 2010

Gotas


Gotea. Tu amor es como una aguja clavándose profundamente en el corazón. Gotea, sí, gotea la sangre. Va cayendo lentamente. El filo se separa de la carne y vuelve a entrar, como si no pudiera separarse permanentemente de ella. Como debería ser entre ambos… pero no, lo es entre la aguja y el corazón, acero y carne, unidos y destruyéndose el uno al otro. Gotea. La herida es cada vez más grande, más profunda… El dolor es intermitente, pero incesante. No, no acaba jamás. Sigue ahí, acompañando el desangrado. Qué carmín que es la sangre. Sanaría, es seguro que la herida sanaría, si el filo pudiera separarse de su compañera. Simbiótico. Casi.
Gotea. Arde. Arde como ácido, como fuego, quema, sube por las venas y llega hasta la punta de cada extremidad. El calor sube, baja, aumenta, disminuye, pero está ahí. Siempre está ahí. En un intento desesperado, la carne se separa del cuchillo y corre. Escapa, huye, esquiva, se esconde, sigue corriendo. Gotea en el camino. Pujante, atraviesa la niebla del olvido y del perdón. Pero del otro lado se detiene, choca. No hay paso, está obstruido. Pánico, se resbala y vuelve a caer. Como en un pozo oscuro y sin fondo. Y vuelve. Siempre vuelve. Espera ahí, a que caiga de nuevo en sus brazos, con una sonrisa triunfante y cegadora. Cada vez es más difícil. Mucho más difícil.
Pero la sangre continúa goteando… Algún día terminará, supongo. Cuando la aguja finalmente se separe del corazón, definitivamente. Y es en ese entonces cuando descansaré en paz. Cuando la sangre deje de gotear.

R. B. Foltran

miércoles, 4 de agosto de 2010

Lágrimas


Lágrimas cayendo por su rostro, una a una. Lentamente rodando, deslizándose por la suave pendiente de sus pómulos. Más abajo, más abajo llegando a la comisura de sus labios, donde en otros tiempos supieron haber miles de sonrisas, tan brillantes que contagiaban su alegría. Otros tiempos mejores. Las lágrimas llegan al borde y saltan al vacío, llevadas por la gravedad. Caen sobre su blusa color cielo, humedeciéndola. A través del hilo siguen descendiendo. Llegan a otro borde, y sin temeridad se precipitan. Esta vez, nada ni nadie las detiene en el vacío. Caen y caen. Con un golpe suave quedan tendidas en el suelo. Se juntan, se abrazan, se toman de las manos. Juntas, van recorriendo la planicie en la que se encuentran. En procesión, las lágrimas se mueven, dirigiéndose todas a un punto en común.
Una multitud de lágrimas unidas en el piso de linóleo. Un gran charco de tristeza, a dónde confluyen todas aquellas gotas de agua que desechan las personas en su dolor. Luego de un rato, desaparecen. Una a una se van. Cada una hacia un nuevo humano. A algunas, las más afortunadas, les toca ese día un funeral. A las lágrimas les gusta su trabajo.

R. B. Foltran

martes, 6 de julio de 2010

Clara - Epílogo


Clara se inclinó sobre la gran caja azul que guardaba sobre el estante más alto del ropero. La había bajado y ahora sacaba su contenido y lo examinaba cuidadosamente. Para lo último dejó un gran álbum de fotos forrado de tela blanca. Lo abrió y encontró a su madre, en su vestido de boda. Corrió las páginas y encontró la foto más bella de todas. Su madre y su padre, juntos y felices. Clara sonrió. Ahora sabía cómo ella se sentía en aquel momento, mientras miraba a la cámara de la mano del hombre que amaba. Sabía cómo era tener el corazón lleno y alegre, satisfecho, cómo era tener un hombro sobre el que descansar cuando la vida te lastima, unos brazos para rodearte cuando necesitas consuelo, y una boca para susurrarte palabras de cariño. Porque aunque el destino seguía siendo tan engañoso y complicado, ahora lo tenía a él, su luz en la oscuridad. Sabía que aunque todo estuviera mal, aunque la vida quisiera hacerla sufrir, él estaba ahí, siempre ahí, para ella. Y no había sentimiento más lindo que ese.

R. B. Foltran

jueves, 3 de junio de 2010

Clara - Parte IV


Cuanto más queremos que algo suceda, más remotas nos parecen las posibilidades de que así sea. Cuando tenemos ganas de encontrarnos con una persona, nunca la vemos, por ningún lado. Pero sí nos vamos a encontrar con aquellas que no nos interesan tanto, o que incluso ni queremos ver. Todo parece una maldita broma pesada. Cuando imaginamos una situación desarrollándose de una manera una y mil veces, cuando cruzamos los dedos y rogamos, no cabe esperar otra cosa que lo contrario, o algo totalmente diferente. El destino juega con nosotros de esa manera. Pero también podemos estar seguros de que nos va a sorprender continuamente. Y tal vez, sólo tal vez, una de esas sorpresas sea grata para nosotros, algo que queremos pero que no esperamos.

* * *

-Dale, yo sé que sí querés.
-No, no, en serio. Me sentiría muy incómoda.
-Clara, no podés estar sola por siempre, y si no buscás nunca vas a encontrar…
-Ya lo sé, pero…
-Pero nada, ya está decidido. El viernes a las 21 te paso a buscar. Y no quiero escuchar ningún “pero”.
Clara sabía que la intención de su amigo era buena, que quería lo mejor para ella, pero simplemente no se sentía cómoda con la situación. Odiaba que intentaran juntarla con gente, que la hicieran conocer hombres y salir con ellos. Sí, se sentía sola, pero esa no era la manera de arreglar la situación. Sus amigos parecían creerse Cupido. Quería encontrar a la persona especial ella sola, aunque sabía que no estaba haciendo nada para lograrlo.
Hacía más de un mes de su encuentro con el misterioso hombre de ojos oscuros. Nunca más lo había vuelto a ver. Y esa falta había dejado una lastimadura muy delicada dentro suyo. No se atrevía a tocarla. Tenía miedo de hacerla peor. Miró de soslayo a Lorenzo, y suspiró. No podía hacerle nada mal salir con su amigo. Repetía una y mil veces que estaba seguro de que se llevarían bien, y que le haría bien conocer alguien nuevo. No podía negarse. Así que accedió, y deseo que el viernes a la noche no llegara nunca.
Hacia mitad de la semana una gripe estuvo por apoderarse de ella, algo que no le molestaba para nada. Sería una excusa maravillosa. Pero resultó ser sólo un amague, y el viernes llegó y no tenía forma de escapar de su compromiso. Sin entusiasmo se vistió de manera casual, nunca demasiado llamativa, y se acomodó el pelo. Serían cuatro para cenar. Lorenzo, su pareja, a la que estaba viendo desde hacía un par de meses, y su misterioso amigo “T”. Lorenzo no había querido revelar más que su apodo. “T” había dicho, precedido por un guiño exagerado. Clara se miró en el espejo y suspiró. Unos ojos cansados le devolvieron la mirada. Trató de pensar de manera optimista y una sonrisa asomó en sus labios. El timbre sonó, sobresaltándola. Era Lorenzo, que la había pasado a buscar. Tomó su abrigo y su cartera y se despidió de su mascota, que le devolvió un ladrido alegre.
Llegaron al restaurante. Samanta los esperaba en la puerta, junto a un hombre. Clara lo miró mientras se acercaban. Tenía los ojos azules, muy azules, y pelo color castaño y enrulado. Eran ojos hermosos, sin duda, pero para ella no tenían gracia. Había algo que él no tenía, y con un retorcijón en el estomago recordó a Santiago. A pesar del tiempo transcurrido, seguía teniendo sentimientos hacia él. Cosa tonta, pensó, puesto que apenas lo conocía. Lorenzo y Clara se acercaron a ellos y los saludaron. Samanta la abrazó tiernamente y se dispuso a presentar a su acompañante.
-Él es Tom, Tomás, mi hermano.
-Mucho gusto- Clara le estrechó la mano.
-Lo mismo digo- respondió él con una sonrisa-. Espero que pasen una noche agradable. Nos vemos luego, Sam- se dio media vuelta y se alejó.
Clara no entendía nada. Lorenzo, al ver su expresión de confusión, rió y aclaró:
-Él no es “T”, es sólo el hermano de Sam. “T” ya debe estar adentro, esperándonos.
Todavía medio confundida, entraron los tres al restaurante y una mesera los guió hasta una mesa del fondo. Un hombre ya estaba sentado allí, y se paró al verlos llegar.
El corazón de Clara dio un brinco y empezó a latir con furia. Un nudo se le hizo en el estómago, al reconocer a Santiago. Él saludó a su amigo y su novia, y luego miró a Clara. Una sonrisa, la misma que ella recordaba, alumbró su rostro en cuanto la vio. Y allí estaban, aquellos ojos llenos de vida y amabilidad que ella tanto ansiaba ver. Sus mejillas se pusieron coloradas al instante, y con torpeza logró llegar hasta él.
-¿Cómo estás, Clara? Me alegro mucho de volver a verte.
-B… bien, ¿vos? A m… mí también me alegra- respondió ella, con cierta dificultad. Con el rabillo del ojo vio a Lorenzo sonreír con complicidad. Probablemente ya sabía que se habían conocido. Sam la miró y le guiñó un ojo disimuladamente.
Se sentaron, y un mozo se acercó a dejarles el menú. Clara estaba terriblemente nerviosa. Por fin lo había vuelto a ver. Hace tanto que esperaba ese momento… Y ahora que lo tenía, no sabía cómo proceder. Y es que no se trataba de un encuentro simple y casual, era una “CITA”. Trató de calmarse y con manos temblorosas abrió el menú y leyó. Sintió que unos ojos la miraban fijo, y cuando levantó la vista descubrió a Santiago observándola desde detrás de su carta. Ella bajó la vista apresuradamente, sintiendo el calor que despedían sus mejillas, totalmente ruborizadas.
Ordenaron la cena, y mientras esperaban se pusieron a conversar. Qué fácil era hablar con él. La torpeza y la timidez de Clara de a poco se esfumaron, y se sintió más que cómoda al lado de aquel hombre. Era muy agradable en sus expresiones, y tenía una voz suave y grave. Hablaron toda la noche, de muchas y diversas cosas. De música, de cine, de literatura, de ellos mismos. Descubrió muchas cosas sobre Santiago, todas que le gustaron enormemente. Y a él parecía gustarle ella. La miraba con una profundidad y atención que Clara no había conocido nunca.
Cuando se quiso dar cuenta, la cena había concluido. Cada uno pagó lo que le correspondía, y se levantaron y se dirigieron a la salida. Ella no quería que terminara. Quería seguir estando con ese hombre que la hacía sentir mariposas en el estómago cada vez que la miraba. Pero sabía que pedía demasiado. Ya el haberlo conocido era demasiado. Que le correspondiera en los sentimientos… era un sueño imposible. Clara nunca tenía esa suerte. Ni esa ni ninguna.
Ya afuera del restaurante, Santiago se dio vuelta y le preguntó a Clara si quería que la llevara a su casa. Ella se ruborizó y le agradeció, puesto que como Lorenzo la había llevado no tenía su coche con ella. Se despidieron de Lorenzo y Samanta, y Santiago la dirigió hasta su auto. En el camino continuaron hablando, y ella trataba de aferrarse a cada minuto, cada segundo que le quedaba con él antes de llegar a destino. Pero el tiempo corre igual, y llegaron hasta donde ella vivía. Él se bajó del automóvil y la acompañó hasta la puerta del edificio. “Ya no me queda nada de tiempo”, pensó ella con tristeza. Mientras abría la cartera y sacaba las llaves, la mano de él rozó suavemente el antebrazo de Clara. La piel se le erizó y el corazón empezó a latirle furiosamente. Sentía la sangre bombeada frenéticamente debajo de su piel, y escuchaba los latidos en sus oídos. Levantó la vista y vio que aquellos ojos que la fascinaban estaban cerca, muy cerca. Hechizada, se quedó allí, quieta en el lugar, incapaz de respirar siquiera. Su corazón latía cada vez más fuerte, y el estómago se retorcía con el movimiento de las mariposas. Cerró los ojos, y sintió unos labios tiernos posándose sobre los suyos. La mente se le puso en blanco, y sintió los nervios a flor de piel. En lo único en que pensaba era en aquel cuerpo fornido que la abrazaba. En aquel preciso momento, él era su mundo, y ni el sonido del tráfico ni la brisa nocturna existían ya.


Rocío B. Foltran

miércoles, 19 de mayo de 2010

Clara - Parte III


¿Por qué la felicidad dura tan sólo unos pocos segundos? ¿Por qué cuando al fin sentimos que somos felices, siempre algo tiene que llegar para arruinarlo todo? Cuando por fin uno tiene esperanzas de que todo va a estar bien, de que las cosas que suceden son las correctas, nos chocamos contra una pared que nos destruye, nos desmorona. La vida no nos quiere ver bien, quiere que haya siempre complicaciones con las que lidiar. Que el camino no sea tan fácil. Cuando por fin la balanza ha alcanzado su equilibrio, cuando podemos suspirar aliviados pensando que por fin terminamos de luchar, siempre algo cae sobre la balanza y la desequilibra, con lo que debemos volver a levantarnos. Se nos demuestra continuamente que la felicidad dura poco, demasiado poco como para alcanzar a disfrutarla. Dicen que después de todo lo malo siempre llega algo bueno. Pero también después de todo lo bueno siempre llega algo malo. Después del verano siempre volverá el invierno. Y no hay nada que podamos hacer para impedirlo.

* * *

Clara acomodó los papeles desordenados del escritorio. Los juntó en una pila y los guardó en un cajón. Apagó la computadora, comprobó que no se olvidaba nada, tomó su cartera y un par de carpetas y salió de la oficina. En el ascensor se encontró con un par de colegas, de otros pisos. Los saludó e intercambió un par de palabras con ellos. Había sido otro día normal para ella, sin grandes sobresaltos, sin nada importante que lo hiciera distinto a los otros. Simplemente un día más que tachar en el calendario.
Salió del edificio, distraída, pensando en qué cenaría aquella noche, cuando chocó contra algo duro, que le hizo perder el equilibrio y tirar las carpetas. Sorprendida, se enderezó y recogió lo que se le había caído. Entonces se dio cuenta de que no había chocado con algo, sino con alguien. Levantó la vista y se encontró con unos ojos oscuros y amables que le sonreían. Clara se ruborizó.
-Lo siento mucho, señorita. Me temo que no estaba prestando atención mientras caminaba- se disculpó el hombre, con una sonrisa.
-No, es… está bien, yo tampoco…- Sin darse cuenta, se encontró examinando su rostro. Era agradable, sin ser demasiado llamativo, de tez blanca y cabello oscuro, combinando con sus ojos. Era lacio, y lo llevaba levemente crecido y despeinado. Alrededor de sus ojos tenía unas pequeñas arruguitas, producto de su expresión alegre. Se detuvo en cada centímetro de su rostro, totalmente anonadada.
-Santiago- dijo él entonces, sacándola de su ensimismamiento, y le tendió su mano derecha.
-Ah, sí… Soy Clara- estrechó su mano, esbozando una leve sonrisa.
-Un placer conocerla. Espero volver a encontrarla… Saludos.
Y se marchó. Ella siguió su caminar hasta que dobló y lo perdió de vista. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que no respiraba. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia su auto. Sus mejillas todavía estaban encendidas.
Llegó a su departamento y se cambió, poniéndose ropa más cómoda. Alimentó a su perro, y se tiró en el sillón a ver un poco de televisión. Una y otra vez su mente repasaba su encuentro con ese desconocido, aquel hombre llamado Santiago, con esos ojos que la habían deslumbrado. Y se reprochaba una y otra vez por su comportamiento, tan torpe e inexperto. Qué tonta debió haber parecido. Trató de apartarlo de sus pensamientos, pero por más que lo intentó no pudo, y la acompañó incluso a la cama, hasta que por fin pudo sumergirse en un sueño tranquilo.
Al día siguiente se levantó con un nerviosismo anormal, así como también su torpeza se encontraba exacerbada. Con esfuerzo puso su mente en su trabajo, y logró distraerse en el transcurrir de la mañana. Pero cuando salía de la oficina aquellos nervios inexplicables la volvieron a atacar. Su corazón latía con fuerza y su estómago se retorcía, expectante. Ya en la calle, miró para todos lados, pero no vio ni rastro de él. Eso la calmó, pero también le dejó un leve sentimiento de decepción. Alarmada por tantas sensaciones nuevas y extrañas en ella, volvió con rapidez a su hogar. Hacía tanto que no se sentía así… Es más, nunca se había sentido así, pensó. ¿Qué le estaba pasando? Apenas conocía a ese hombre, pero él acaparaba cada rincón de su mente. No podía ser que tuviera ese efecto en ella. Era totalmente idiota.
Ninguno de los días que pasaron luego lo volvió a ver. Aparentemente había sido sólo un encuentro casual. Una casualidad que él haya pasado por esa calle en el preciso momento en que ella salía del edificio. Pero cuanto más casual es un evento, más queremos y más esperanza tenemos en que se repita. El fin de semana les habló de Santiago a sus amigas. Ellas la escucharon con emoción. Le recomendaron que no se ilusionara tontamente, pero que no perdiera las esperanzas. “Nunca se sabe, tal vez te lo vuelvas a encontrar…” Pero Clara no sabía si de verdad quería que eso sucediera. No le gustaba ese remolino de sentimientos que tenía lugar dentro suyo cada vez que se permitía pensar en él.

Rocío B. Foltran

domingo, 2 de mayo de 2010

Clara - Parte II


Los días pasan más rápido de lo que deberían. No nos dan tiempo a disfrutarlos. Queremos atraparlos, sostenerlos, pero se escurren como aire. Los meses corren, y cuando nos paramos a mirar alrededor nuestro, nos damos cuenta de que otro año más se ha ido. Y otro comienza, pero igual de rápido se nos escapa de las manos. Aunque tratemos de hacerlo durar, el tiempo se ríe y corre, mientras nosotros lo seguimos en una persecución eterna.

* * *

Clara se levantó perezosamente aquella mañana. Eran las 10, y tenía ganas de seguir durmiendo. A pesar de todos los cambios ocurridos, que la hacían muy feliz, aún había un hueco dentro suyo. Algo que faltaba. Pero no podía saber qué era.
Se desperezó y se vistió despacio. Desayunó un café con leche y tostadas, y luego de poner el lavarropas en marcha fue a buscar una gran caja azul que guardaba en el estante más alto del ropero. Se sentó en un sillón y lo abrió. Allí dentro guardaba fotos familiares y otros recuerdos asociados, mayormente, a su madre. Ella había muerto siendo Clara sólo una infante, y tenía vagos recuerdos de ella. Lo que más recordaba era su sonrisa. Su sonrisa brillante y alegre, como una luz en la oscuridad. Clara cerró los ojos y viajó atrás en el tiempo, a aquellos ojos azules, tan amorosos y llenos de vida, aquellas manos suaves acariciando su cabeza, aquellos labios tiernos besando su frente. Pero otro recuerdo, otro más oscuro, inundó su mente de un momento a otro. Abrió los ojos con brusquedad. No quería pensar en su enfermedad. No quería pensar en cómo se había llevado a su madre de a poco, dejando sólo un cuerpo cadavérico y sin luz propia, una sombra de lo que había sido.
Bajó la vista y se puso a revolver entre los viejos álbumes de fotos, tapizados de tierra por el olvido. No se permitía a menudo pensar en ella, ya que siempre la invadía una ola de dolor. Tomó un libro blanco, y con creciente curiosidad lo abrió. Era de la boda de sus padres. La vio allí, vestida de blanco, sobre una escalera decorada con margaritas multicolores. Y su sonrisa, nerviosa, emocionada, exultante. En la foto siguiente estaba con su padre, en la flor de su juventud, sus ojos oscuros brillando como nunca los había visto. Se tomaban de la mano, y sonreían para la cámara. Era tal la felicidad que reflejaba aquella fotografía que Clara se vio obligada a mirar hacia otra parte. Un dolor intenso oprimía su corazón. Pero ella sabía que no sólo se debía a lo mucho que extrañaba a su madre. Allí se dio cuenta. En ese preciso momento. Clara se sentía sola. Muy sola.
Suspiró, y cerró el álbum. Escuchó. El departamento estaba en silencio. Demasiado silencio. Sabía que su perro dormía, pero el silencio la desgarraba, la soledad le quemaba por dentro. Se contuvo. Un nudo se le armó en la garganta. Cerró los ojos y trató de respirar con normalidad. Pero era demasiado fuerte, y las lágrimas brotaron sin control. Se tomó el rostro con las manos, y allí se quedó, hecha un ovillo en el sillón. Media hora, una hora, una hora y media. Afuera llovía incesantemente. La sala estaba a oscuras, se oían las gotas repicar en los vidrios. Y un golpe seco. La caja azul había caído al suelo, esparciendo polvo y muchos otros álbumes sin abrir, muchas otras muestras y recordatorios de lo que ella no tenía. Y que tampoco esperaba tener.

Rocío B. Foltran

sábado, 24 de abril de 2010

Línea


Hipnotizado por la línea, se quedó un buen rato observándola. Era perfecta, obra de un buen pulso. Pintada sobre el suelo de gravilla, delimitaba dos terrenos totalmente distintos. Y él debía cruzarla. Había llegado hasta allí, y debía hacerlo. Pero la línea lo miraba, intimidante. Le sostenía la mirada, y el hombre no pestañeaba. Congelado, sintiendo un escalofrío recorrer su columna vertebral, simplemente estaba allí parado, con sus ojos clavados en ella. Y ella esperaba, desafiante. Contrajo un músculo y, aún hipnotizado por aquella recta marfil, puso un pie delante del otro y avanzó.
Diez policías armados cayeron sobre el preso que no había terminado de escapar. La línea sonrió, satisfecha.

Rocío Foltran

martes, 6 de abril de 2010

Untitled II


It was a rainy and cold afternoon. The clock struck 6 o’clock. He was late. He was never late. Amy looked around while she was waiting. It was a very nice café. It was round-shaped and it had a wooden floor. The tiny tables and chairs were really comfortable. There were some families having tea and an old couple drinking coffee. It was a quiet and peaceful scene.
Amy looked back to her table and the coffee she hadn’t started to drink and the piece of cake still untouched. She was getting nervous. The clock struck 6:10. Nobody was entering the place. She looked around again.
One of the families near her had a little baby. She had tiny blonde curls and beautiful green eyes. Amy thought she was really tender but she made her feel uncomfortable. Amy wanted to have a baby. She wanted a baby daughter. A little kid who would have red hair and blue eyes, and rosy cheeks, just like Amy. She closed her eyes. She couldn’t bear to watch that baby, knowing she couldn’t have one. Amy tried to stop herself, but a shiny tear was shed.
A noise came from the door. It opened and a man wearing a black suit entered. He saw Amy and sat in front of her. Amy was terrified. The clock struck 6:25. Only 5 minutes left.
She tried to breathe calmly. She was sweating and she could hear her heart beats very loud. The man’s brown and cold eyes looked directly into hers. He smiled and took her right hand. He gave her a small package, smiled again, stood up and left.
Amy looked at the little package with a letter “A” on top. It was the time. The clock struck 6:30.

Rocío Foltran

viernes, 19 de marzo de 2010

Clara - Parte I



Vivimos escapando, escondiéndonos entre sueños de cristal, que no dejan de quebrarse. Vivimos escapando de los fantasmas del pasado, que con su mirada transparente y vacía nos siguen constantemente, sin dejarnos olvidar. Vivimos corriendo, aunque casi nunca sepamos exactamente hacia dónde. El destino nos arrastra, nos maneja. Nos tironea con sus hilos invisibles, ataduras irrompibles. Vivimos, controlados por el tiempo, cuyo paso inexorable no nos deja espacio ni para respirar. Las agujas continúan moviéndose incesantemente, y nosotros vivimos a su ritmo. Sin importar lo que suceda, nosotros vivimos, aferrándonos a esta única verdad. Vivimos.
Y ella, como todos los demás, vivía, sólo viviendo, yendo siempre para delante, un hilo más del tejido del mundo. Un pequeño departamento en el centro de la ciudad, pocos muebles, pocos lujos. Una cama solitaria, de sábanas blancas. La cocina impecable, poco usada. Una sala con dos sillones, un escritorio con una computadora, y una televisión, constantemente encendida. Un pequeño perrito maltés es su única compañía, en aquel departamento solitario en el centro de una gran urbe. Pequeño e insignificante. Sólo uno más del montón.
Siempre la misma rutina. Ella se levantaba, se duchaba, se vestía con su ropa del trabajo. Monótono. Desayunaba, alimentaba a su mascota. Igual. Tomaba su bolso, cerraba la puerta con llave, se subía al auto, se iba. La vida de una oficinista no tiene nada de interesante. O eso pensaba ella.

* * *

Ese día ella decide cambiar algo. Toma su abrigo y dejando el auto frente a su edificio, empieza a caminar. No sabe hacia dónde, sólo piensa en caminar. Un viento fresco despeina sus bucles perfectamente formados. Pasa por una plaza, y mira a las madres jugando afectuosamente con sus hijos. Un nudo se le arma en el estómago.
Cruza una avenida, camina un par de cuadras. Por primera vez, mira con atención todo lo que hay a su alrededor. Observa a la gente, simples personas transitando sus vidas. Qué curioso. Ella ya no se siente parte de aquel mundo monótono. Está más allá. Las nubes empiezan a llover, y ella cierra los ojos sintiendo las gotas caer suavemente sobre su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, ríe. Se siente libre. Estira los brazos, y sonríe.
Al abrir los ojos, descubre que las calles están vacías. La gente ha ido a resguardarse de la lluvia. A ella no le importa, continúa su caminata por las calles ahora desérticas, por aquella ciudad igual a todas. Pero no es igual a todas en realidad, ella la hace diferente.
Llega a su departamento totalmente empapada, y se tira en un sillón a descansar. Se siente más liviana. Hay un peso sobre sus hombros que ha desaparecido. Ese día ella es feliz.
Los días siguientes, las semanas siguientes, de a poquito va haciendo cosas distintas para alterar la rutina que venía atormentándola durante tantos años. Empieza lentamente, pequeños cambios. Compra flores, y las distribuye por su departamento. Renueva su ropero. Comienza a disfrutar de su juventud, de la frescura de los 27 años. Sale con sus amigas, baila, va al parque, camina. Quiere viajar. Conocer nuevos lugares. Se toma un fin de semana libre y visita la costa. A su vuelta, trae consigo varios recuerdos. Con ellos adorna la sala, y con alegría se para a contemplarlos todas las mañanas. Algo esencial ha cambiado en ella, y aunque no sabe lo que es, le gusta ese cambio.

Rocío Foltran

lunes, 8 de marzo de 2010

'Til Death


There's nothing I wouldn't do for you
just a look into your eyes
makes me feel that nothing's wrong
and so it should be.

And yet there's a hole
a big dark scaring hole
that makes me wonder
if I am doing right.

I may think you are the one
but that's just a feeling.
I can be mistaken
and so I'm scared.

I'm scared of becaming bored.
I'm scared of wanting to be happier.
I'm scared of hurting you.
I'm scared of making a mistake.

But everything is like that, isn't it?
Making a mistake..
and starting again.
But you are just too important
for making a mistake..
and starting again without you ~*

Rocío Foltran.

sábado, 20 de febrero de 2010

Untitled


Look around
There is much
more to see.
Believe in your dreams
and you will find
what is truly beautiful.

Rocío Foltran.

miércoles, 27 de enero de 2010

Time's fool



Look at the stars shining...
nothing lasts forever.
But still you are there,
watching silver light.
'Cause beautiful things can,
however, last enough.

There isn't enough time,
you may think quickly.
But don't forget, ever,
that we create our own time.
And a second can be,
however, like an eternity.

Seconds pass by quickly,
minutes go fast,
hours are gone.
But our souls remain,
safe in a little cage,
whose padlock only
we can unchain.

Look inside yourself,
I know it's difficult.
But you might see
so many things you've forgotten.
Make them come back,
and so time may,
however, go back.

Rocío Foltran