
Cuanto más queremos que algo suceda, más remotas nos parecen las posibilidades de que así sea. Cuando tenemos ganas de encontrarnos con una persona, nunca la vemos, por ningún lado. Pero sí nos vamos a encontrar con aquellas que no nos interesan tanto, o que incluso ni queremos ver. Todo parece una maldita broma pesada. Cuando imaginamos una situación desarrollándose de una manera una y mil veces, cuando cruzamos los dedos y rogamos, no cabe esperar otra cosa que lo contrario, o algo totalmente diferente. El destino juega con nosotros de esa manera. Pero también podemos estar seguros de que nos va a sorprender continuamente. Y tal vez, sólo tal vez, una de esas sorpresas sea grata para nosotros, algo que queremos pero que no esperamos.
* * *
-Dale, yo sé que sí querés.
-No, no, en serio. Me sentiría muy incómoda.
-Clara, no podés estar sola por siempre, y si no buscás nunca vas a encontrar…
-Ya lo sé, pero…
-Pero nada, ya está decidido. El viernes a las 21 te paso a buscar. Y no quiero escuchar ningún “pero”.
Clara sabía que la intención de su amigo era buena, que quería lo mejor para ella, pero simplemente no se sentía cómoda con la situación. Odiaba que intentaran juntarla con gente, que la hicieran conocer hombres y salir con ellos. Sí, se sentía sola, pero esa no era la manera de arreglar la situación. Sus amigos parecían creerse Cupido. Quería encontrar a la persona especial ella sola, aunque sabía que no estaba haciendo nada para lograrlo.
Hacía más de un mes de su encuentro con el misterioso hombre de ojos oscuros. Nunca más lo había vuelto a ver. Y esa falta había dejado una lastimadura muy delicada dentro suyo. No se atrevía a tocarla. Tenía miedo de hacerla peor. Miró de soslayo a Lorenzo, y suspiró. No podía hacerle nada mal salir con su amigo. Repetía una y mil veces que estaba seguro de que se llevarían bien, y que le haría bien conocer alguien nuevo. No podía negarse. Así que accedió, y deseo que el viernes a la noche no llegara nunca.
Hacia mitad de la semana una gripe estuvo por apoderarse de ella, algo que no le molestaba para nada. Sería una excusa maravillosa. Pero resultó ser sólo un amague, y el viernes llegó y no tenía forma de escapar de su compromiso. Sin entusiasmo se vistió de manera casual, nunca demasiado llamativa, y se acomodó el pelo. Serían cuatro para cenar. Lorenzo, su pareja, a la que estaba viendo desde hacía un par de meses, y su misterioso amigo “T”. Lorenzo no había querido revelar más que su apodo. “T” había dicho, precedido por un guiño exagerado. Clara se miró en el espejo y suspiró. Unos ojos cansados le devolvieron la mirada. Trató de pensar de manera optimista y una sonrisa asomó en sus labios. El timbre sonó, sobresaltándola. Era Lorenzo, que la había pasado a buscar. Tomó su abrigo y su cartera y se despidió de su mascota, que le devolvió un ladrido alegre.
Llegaron al restaurante. Samanta los esperaba en la puerta, junto a un hombre. Clara lo miró mientras se acercaban. Tenía los ojos azules, muy azules, y pelo color castaño y enrulado. Eran ojos hermosos, sin duda, pero para ella no tenían gracia. Había algo que él no tenía, y con un retorcijón en el estomago recordó a Santiago. A pesar del tiempo transcurrido, seguía teniendo sentimientos hacia él. Cosa tonta, pensó, puesto que apenas lo conocía. Lorenzo y Clara se acercaron a ellos y los saludaron. Samanta la abrazó tiernamente y se dispuso a presentar a su acompañante.
-Él es Tom, Tomás, mi hermano.
-Mucho gusto- Clara le estrechó la mano.
-Lo mismo digo- respondió él con una sonrisa-. Espero que pasen una noche agradable. Nos vemos luego, Sam- se dio media vuelta y se alejó.
Clara no entendía nada. Lorenzo, al ver su expresión de confusión, rió y aclaró:
-Él no es “T”, es sólo el hermano de Sam. “T” ya debe estar adentro, esperándonos.
Todavía medio confundida, entraron los tres al restaurante y una mesera los guió hasta una mesa del fondo. Un hombre ya estaba sentado allí, y se paró al verlos llegar.
El corazón de Clara dio un brinco y empezó a latir con furia. Un nudo se le hizo en el estómago, al reconocer a Santiago. Él saludó a su amigo y su novia, y luego miró a Clara. Una sonrisa, la misma que ella recordaba, alumbró su rostro en cuanto la vio. Y allí estaban, aquellos ojos llenos de vida y amabilidad que ella tanto ansiaba ver. Sus mejillas se pusieron coloradas al instante, y con torpeza logró llegar hasta él.
-¿Cómo estás, Clara? Me alegro mucho de volver a verte.
-B… bien, ¿vos? A m… mí también me alegra- respondió ella, con cierta dificultad. Con el rabillo del ojo vio a Lorenzo sonreír con complicidad. Probablemente ya sabía que se habían conocido. Sam la miró y le guiñó un ojo disimuladamente.
Se sentaron, y un mozo se acercó a dejarles el menú. Clara estaba terriblemente nerviosa. Por fin lo había vuelto a ver. Hace tanto que esperaba ese momento… Y ahora que lo tenía, no sabía cómo proceder. Y es que no se trataba de un encuentro simple y casual, era una “CITA”. Trató de calmarse y con manos temblorosas abrió el menú y leyó. Sintió que unos ojos la miraban fijo, y cuando levantó la vista descubrió a Santiago observándola desde detrás de su carta. Ella bajó la vista apresuradamente, sintiendo el calor que despedían sus mejillas, totalmente ruborizadas.
Ordenaron la cena, y mientras esperaban se pusieron a conversar. Qué fácil era hablar con él. La torpeza y la timidez de Clara de a poco se esfumaron, y se sintió más que cómoda al lado de aquel hombre. Era muy agradable en sus expresiones, y tenía una voz suave y grave. Hablaron toda la noche, de muchas y diversas cosas. De música, de cine, de literatura, de ellos mismos. Descubrió muchas cosas sobre Santiago, todas que le gustaron enormemente. Y a él parecía gustarle ella. La miraba con una profundidad y atención que Clara no había conocido nunca.
Cuando se quiso dar cuenta, la cena había concluido. Cada uno pagó lo que le correspondía, y se levantaron y se dirigieron a la salida. Ella no quería que terminara. Quería seguir estando con ese hombre que la hacía sentir mariposas en el estómago cada vez que la miraba. Pero sabía que pedía demasiado. Ya el haberlo conocido era demasiado. Que le correspondiera en los sentimientos… era un sueño imposible. Clara nunca tenía esa suerte. Ni esa ni ninguna.
Ya afuera del restaurante, Santiago se dio vuelta y le preguntó a Clara si quería que la llevara a su casa. Ella se ruborizó y le agradeció, puesto que como Lorenzo la había llevado no tenía su coche con ella. Se despidieron de Lorenzo y Samanta, y Santiago la dirigió hasta su auto. En el camino continuaron hablando, y ella trataba de aferrarse a cada minuto, cada segundo que le quedaba con él antes de llegar a destino. Pero el tiempo corre igual, y llegaron hasta donde ella vivía. Él se bajó del automóvil y la acompañó hasta la puerta del edificio. “Ya no me queda nada de tiempo”, pensó ella con tristeza. Mientras abría la cartera y sacaba las llaves, la mano de él rozó suavemente el antebrazo de Clara. La piel se le erizó y el corazón empezó a latirle furiosamente. Sentía la sangre bombeada frenéticamente debajo de su piel, y escuchaba los latidos en sus oídos. Levantó la vista y vio que aquellos ojos que la fascinaban estaban cerca, muy cerca. Hechizada, se quedó allí, quieta en el lugar, incapaz de respirar siquiera. Su corazón latía cada vez más fuerte, y el estómago se retorcía con el movimiento de las mariposas. Cerró los ojos, y sintió unos labios tiernos posándose sobre los suyos. La mente se le puso en blanco, y sintió los nervios a flor de piel. En lo único en que pensaba era en aquel cuerpo fornido que la abrazaba. En aquel preciso momento, él era su mundo, y ni el sonido del tráfico ni la brisa nocturna existían ya.
Rocío B. Foltran