
Los días con sus lentas horas y minutos pasaron, y aquel especial llegó.
-Estoy listo. Vamos- dijo Guillermo, decidido.
Una lágrima cayó por su mejilla mientras ella parpadeaba lentamente.
-No puedo. No… no es tu hora. Te quedan cosas que hacer todavía- susurró-. Debes quedarte. Debo irme. En otro momento será…
-Pero…- replicó Guillermo.
-No. Vete. Incluso el destino puede cambiar.
-Hasta luego, entonces- se despidió el hombre.
-Nos veremos- sonrió ella-. Esto no es un adiós.
Él se acercó y posó sus labios en su mejilla, sintiendo cómo ella se estremecía.
Se dio media vuelta y se alejó. Ella cerró la puerta tras él.
Se llevó una mano a donde él le había dejado un beso de despedida.
-Qué curioso- comentó-. La Muerte encontró a la Vida.
* * *
Guillermo Rodríguez vivió hasta los 120 años. Fundó organizaciones de caridad, ayudó a gente enferma, dio casa a los desamparados. Llevó comida a los hambrientos, llevó paz a lugares desesperanzados.
Hasta que un día, recostado en la cama, vio por la ventana a una viejita de párpados caídos, y ojos negros y sombríos.
Él no tenía miedo. Él la estaba esperando.
Ella lo estaba esperando.
Se fueron de la mano.
Rocío Foltran

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