
Una gota cae. Su tinte rojo carmín tiñe la superficie a medida que se dispersa. Otra gota que cae. La mancha se diluye y va tomando una coloración violácea, producida por el matiz azulado del río. El río, en calma. Otra gota carmesí cae. Un quejido de dolor la acompaña en su trayectoria.
Sus ojos, hinchados, se entrecierran y su boca, del color de las gotas que manan de su brazo izquierdo, se tensa en una mueca de disgusto. Trata de detener aquel derrame que ya tiñe gran parte del agua a su alrededor.
Sabe que va a morir. Está seguro. Lo asume. Lo acepta. No sabe si en cinco minutos, dos horas, o tal vez (este pensamiento lo esperanza) en diez años. Él sólo quiere retrasar lo inevitable.
Su mano derecha sostiene un pañuelo sobre la herida. No es la única, pero sí la más grave. Sus ojos miran con indiferencia su mano izquierda, que intenta mover los dedos, aunque ya ha perdido un poco de sensibilidad. Luego de un rato, su mirada se dirige al horizonte. El sol se acerca, casi lo toca. Sabe que debe llegar antes de la noche si quiere vivir. Ahora su mirada se posa en los árboles a su alrededor. Dicen que hay muchos animales salvajes. Él sabe que es verdad, y por eso debe apurarse.
Las gotas siguen cayendo. Pero son cada vez menos. El pañuelo, antes blanco, tiene el color del vino tinto. Con su brazo ileso corta una tira de tela de su camisa, y la ata fuertemente sobre el corte profundo que parece mejorar un poco. Se levanta despacio y sus fuertes piernas vuelven a soportar su peso. Tambaleándose levemente, se dirige hacia lo que piensa que es el Este. Cojea un poco, ya que su pierna derecha está malherida a la altura del muslo.
Nuevas gotas caen, pero ahora tiñen el pasto y la hierba. Él camina, sin darse cuenta de que va dejando un rastro tras de sí. Sin saber que pueden seguirlo. Sin saber que su olor puede atraer compañía indeseada.
La oscuridad avanza lentamente sobre el bosque. Él dirige todos sus pensamientos en una sola dirección: debe llegar antes de que sea completamente de noche. Con un gran esfuerzo pone un pie delante del otro. Pone toda su voluntad en seguir caminando a través de la densa maleza. Cada tanto se detiene para tomar agua de la pequeña botella que lleva en un bolso. Sin embargo siente que cada vez tiene más sed.
El hambre lo empieza a atormentar, pero sólo posee unas pocas galletas y una lata de guisantes. Podría cazar, pero su estado se lo impide. Luego de caminar un kilómetro con el hambre a cuestas, se sienta en un claro a comer lo único que tiene. Mientras, mira a su alrededor, y piensa.
“Maldito animal salvaje”. Su mente vuelve atrás en el tiempo y recuerda el inicio de su expedición, que parecía tan prometedor en su principio. Se arrepiente de haberse metido tan profundo en la espesura del bosque. Aquello que antes lo hacía tan feliz, ahora le remuerde la conciencia. Y se habían topado con una bestia, un animal descontrolado y salvaje, que terminó con la vida de sus dos compañeros y casi con la de él. Él logró defenderse con su cuchillo de caza una vez que las balas de su rifle se terminaron. El animal falleció, pero él ahora se encuentra solo, y sabe que si no llega a la civilización antes de que el sol se termine de esconder, será muy tarde para él.
La comida se acaba rápidamente, así que toma otro trago de agua y sigue caminando hacia lo que cree es el Este. Trata de ir más rápido, ya que la oscuridad sigue avanzando a pasos agigantados. Camina y camina, pero los árboles son todos iguales y nada cambia en el paisaje. Camina y camina, pero lo único que cambia es la oscuridad creciente. Teme estar perdido, pero cree haber caminado todo el tiempo en línea recta. En algún momento tiene que llegar a algún lado. En algún punto el bosque y su espesa maleza deben terminar.
A pesar de haber comido, el hambre sigue haciéndose sentir. Cada vez tiene más sed, pero se niega a tomar más agua dado que le queda poca cantidad. Le empieza a doler la cabeza, y siente que su visión se nubla un poco. Tiene calor, a pesar de que a medida que la oscuridad avanza, también lo hace el frío. “Debo haberme infectado”, piensa con seriedad. Alguna de todas aquellas heridas debió haberse infectado. Esto le preocupa, y trata de caminar más rápidamente.
El dolor de cabeza se acrecienta, así como la oscuridad. Empieza a tener miedo. Las sombras lo asustan enormemente. Quiere llegar, pero su pierna cojea y la herida del brazo vuelve a dolerle. La sed se le hace insoportable, y de un trago vacía su botella de agua. La tira a un costado, junto con el bolso que ya no le sirve para nada, y sigue avanzando. La densidad de la maleza no disminuye. La oscuridad crece. Su impaciencia aumenta. Pero algo más surge de las profundidades de su ser.
DESESPERACIÓN.
Su respiración se torna entrecortada mientras avanza a trompicones tratando de llegar a alguna parte. Su pierna malherida se resiste. En algún lugar lejano del bosque, se oye el aullido de un animal. El miedo y la desesperación se apoderan de él. Los árboles siguen siendo iguales, y el paisaje sigue sin cambiar. Su cabeza estalla de dolor, su boca está completamente reseca, su piel hierve y su visión se hace cada vez peor. Va a morir. Lo presiente.
Sus fuerzas lo abandonan casi completamente. Se pone en cuatro patas y gatea por la hierba. De repente siente más hambre que nunca en su vida. Ya no lo soporta. Cada milímetro de su cuerpo le duele o le molesta. Pero él sigue avanzando. Aunque ya no tiene esperanza. Va a morir. Va a morir. Va a morir.
La oscuridad es casi completa, y la luna empieza a hacerse camino entre las hojas de los árboles. Su mano choca contra algo duro y siente el dolor punzante de algo clavándosele en la piel. Y entonces escucha el aullido de un animal muy cerca de él. Pánico. Alguna bestia lo ha seguido y planea cenar con él. Va a morir.
Gatea hacia delante torpemente. Lo único que siente es dolor, miedo y pánico. Pánico total. Sigue sintiendo pequeños y cortos aullidos, cada vez más cerca. La inconciencia empieza a avanzar sobre su ser. No sabe por qué aquel animal tarda tanto en acabar con él. “Tal vez lo esté disfrutando”, piensa. Sin embargo, le parece que aquellos aullidos llevan algo de dolor en su sonido. “Quizá esté lastimado.”, piensa. “No importa, que acabe conmigo de una buena vez.”
Sus fuerzas terminan de abandonarlo. Se deja caer sobre el suave césped. No escucha nada más que el sonido del viendo entre las hojas sobre él. De repente se oye un aullido casi humano, casi animal, muy cerca de él. Y se da cuenta de que es él mismo. Nadie lo acompaña en su soledad. Su soledad perdida en aquel bosque infernal, donde sólo el viento y la luna se abren camino entre los árboles para llegar hasta él. Cierra los ojos, y todo se vuelve negro. “Muero.”
* * *
El sol de un nuevo día se alza sobre el horizonte y sus finos rayos se cuelan entre la maleza. Con una punzada de dolor en sus ojos, los abre. Se alegra al comprobar que todavía está vivo, y que parece mejorar, ya que su visión es perfecta. Tiene los músculos agarrotados, y se siente extraño. Se incorpora y llena sus pulmones de aire. Le parece más puro que la noche anterior. Qué alegría que es estar vivo. El bosque y sus árboles se le hacen amigables. Ya no tiene miedo.
Se levanta, pero nota con extrañeza que sus ojos están más cerca del suelo que lo habitual. Ya no siente las heridas y su cabeza no le duele, aunque tiene calor y algo de sed. Camina un tramo, y escucha el sonido reconfortante del agua corriendo suavemente por su curso. Él trota alegremente hasta que encuentra un arroyo cristalino. Se acerca despacio a la orilla, se inclina y estira un brazo.
Queda paralizado del horror. No es su rostro el que le devuelve la mirada en la superficie espejada del agua, sino uno peludo, de ojos oscuros y mandíbula alargada. Sólo reconoce en él mismo el terror en su mirada.
* * *
El atardecer de otro día se cierra en el bosque, y un lobo de aspecto afligido camina lentamente por entre sus árboles, en las cercanías de un pueblo. Dirige la mirada hacia atrás con tristeza, y se interna en la espesura.
Rocío Foltran

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