miércoles, 14 de octubre de 2009

La Playa


Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.
El calor lentamente comenzó a hacerse sentir en aquella costa hecha de marfil. Las nubes habían escapado al ver al sol despertarse, permitiendo a sus rayos alcanzar la tierra. Algunos pájaros tropicales empezaban su canto y se unían al ruido de las olas. Unos pequeños cangrejos salían de sus escondites a tomar algo de sol e internarse luego en el agua. La playa iba cobrando vida. Sin embargo, aquel cuerpo seguía inconsciente.
Tras la insistencia del calor y las olas, los ojos de aquel hombre se abrieron con pereza. Con una de sus manos se cubrió los ojos, ya que la luz era demasiado intensa. Estaba mareado y confundido, y se incorporó lentamente. Recorrió con los ojos el panorama que se extendía a su alrededor, y su corazón latió con más fuerza y más rápido que antes. Estaba asustado. No sabía dónde se encontraba. No reconocía aquel lugar. Temía estar perdido en el medio del océano sin remedio.
Trató de calmarse y respiró profundamente. Intentó pensar de manera práctica y aclarándose la mente, decidió que lo primero y principal era conseguir agua y alimento. Sino, no duraría mucho en aquel lugar. Se incorporó, con la ropa endurecida por la sal marina, y sintiendo mucho calor. Se quitó el abrigo y se encaminó hacia la sombra que ofrecían los árboles de la selva que se extendía más allá de la costa. Era difícil caminar sobre la arena, pero pronto llegó a destino. Adaptando la vista a aquel ambiente más oscuro, se internó en la espesura.
Exploró el lugar hasta que encontró un angosto río de aguas cristalinas. La selva era un lugar de aspecto pacífico y tranquilo, especialmente abundante en pájaros de todos los colores. Se quitó la ropa acartonada y se dio un baño. El agua estaba fresca y calmaba un poco el calor agobiante que empezaba a invadir todo. También bebió una buena cantidad de líquido, y se dio cuenta de que más adelante debería encontrar alguna forma de abastecerse. Se vistió con lo más ligero que llevaba y buscó comida. En esa parte de la isla no había árboles frutales, por lo que decidió acercarse a la playa y bordearla. ¿Isla? ¿Estaba seguro? Bueno, debía ponerle un nombre a aquel lugar. Pero la palabra “isla” lo aterrorizó enormemente.
Cuando volvió a la costa, dirigió la mirada hacia la inmensidad del mar que se veía desde allí. Algo le llamó la atención. No había rastros del barco ni de ningún otro tripulante. Pero recordó que ninguno de los otros marineros, ni él mismo, habían divisado tierra en ningún momento. No recordaba que hubiera tierra en aquella parte del océano. ¿Cómo había llegado hasta allí, entonces? Lo había arrastrado la corriente, quizá. Pero se debería haber ahogado. No entendía. El sol le quemaba la cabeza, así que decidió no darle más vueltas al tema y siguió caminando, pero al abrigo de la sombra.
Luego de un rato de mucho caminar, se sentó a descansar. Si no encontraba frutas debía entonces comer carne o pescado. Hizo una mueca, y recordó que había guardado un encendedor en su bolsillo del pantalón. Su rostro se iluminó y rogó que todavía funcionara. Lo buscó casi frenéticamente y lo encendió. Para su alivio, una llama azul se asomó. Por primera vez, dio gracias por fumar. De repente, un súbito movimiento y ruido de hojas lo sorprendió varios metros lejos de allí. Él se dio vuelta al instante, congelado. Esperó unos instantes pero nada ni nadie se asomó por entre la maleza. Se calmó y pensó que probablemente había sido algún animal. Se olvidó del tema y procuró pescar algo para comer.
Horas más tarde se hallaba sentado sobre una piedra plana contemplando el atardecer. Cerca de él, una pequeña fogata crepitaba alegremente. El calor estaba amainando y todo estaba en calma. Sus pensamientos vagaban sin rumbo específico hacia atrás en el tiempo. Por alguna extraña razón no podía recordar nada de lo sucedido. Recordaba el barco, pero luego todo se nublaba y sus recuerdos saltaban directamente al momento en que se despertó en la playa. Quizá se había golpeado la cabeza en ese instante y había quedado inconciente. Todavía era un misterio para él cómo había llegado hasta allí sano y salvo. Y qué había pasado con el barco y los demás tripulantes. Tal vez alguno había sobrevivido y se encontraba en otra parte de la isla. Debería investigar.
El sol terminó de esconderse y la noche se cerró, sólo iluminada por las estrellas y la luna creciente. El hombre se abrigó y se acercó al fuego. Había juntado una buena cantidad de ramas y hojas para usar como leña, así que no le preocupaba que se apagara durante la noche. Aún así estaba intranquilo. Algo le molestaba por dentro. La selva estaba en calma y las estrellas le guiñaban amigablemente desde el cielo oscuro. Pero algo de todo esto le hacía desconfiar. A pesar de todo, se acomodó como pudo en la arena esponjosa y se durmió enseguida.
A las pocas horas se despertó sobresaltado. Un sonido grave provenía de las profundidades de la selva oscura. Se incorporó de golpe y con sorpresa descubrió que el fuego estaba apagado. Un escalofrío le recorrió la espalda. No sólo se debía al frío, que era tal que lo hacía tiritar. Su mirada se clavó en los árboles inmóviles. Su respiración se agitó y escuchó el sonido de sus latidos en las orejas. Un arbusto tembló. La curiosidad fue más fuerte que el miedo y se levantó y caminó en dirección del arbusto.
El sonido proveniente de las profundidades de la selva era hipnotizante. Algo en él hacía que no pudiera dejar de caminar en su dirección. Otro arbusto tembló. El hombre siguió caminando sin pensar. No sabía lo que estaba siguiendo, pero era indudable que lo atraía hacia él. El sonido era un mero susurro, casi una llamada. Siguió caminando. El ruido aumentó su intensidad. Era familiar, pero no sabía a qué asociarlo. Más allá, un claro interrumpía la espesura continua.
Llegó hasta el claro, y con temeridad entró en él. Una luz enceguecedora lo sorprendió y un pitido agudo lo dejó sordo.

* * *

Un movimiento vertiginoso lo mareaba. El lugar mullido donde su cuerpo yacía se mecía a un ritmo familiar. Abrió los ojos. La oscuridad al principio no lo dejó ver, pero la luz de la luna se filtraba por la ventanita de su pequeño camarote. Confundido, se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Todas sus pertenencias estaban en su correcto lugar, y la luna indicaba que su siesta había durado más de lo previsto. Entonces recordó que debía cambiar el turno de la guardia y le tocaba a él. Salió rápidamente y fue a su puesto.
Mirando las nubes amontonadas tapando a las estrellas, reflexionó un buen rato. Las olas golpeaban un poco bruscamente el navío, y un viento fresco lo despeinaba. Había sido tan real… y sin embargo había durado solo unos pocos minutos, todo producto de su inconciencia. Pero él estaba seguro de haber sentido esa arena esponjosa, ese calor agobiante, esa desesperación, esa hambre, ese miedo… Aunque ahora que lo pensaba mejor, no podía estar seguro de haberlo sentido realmente. Lo sucedido se convertía en memorias borrosas en su mente, y decidió no darle más importancia que a un sueño común y corriente. Sólo se debía al temor que le causaba siempre estar tan lejos de casa.
El viento aumentó su intensidad y las nubes comenzaron a llover sobre el océano. El hombre suspiró. Le gustaba sentir la suavidad de las gotas cayendo sobre su rostro. Pero aquella suavidad no duró mucho tiempo. Las olas golpeaban frenéticamente el barco tratando de abrazarlo y hundirlo. La lluvia caía a baldazos y el viento chillaba a su paso. En el navío la alarma se expandía y los marineros trataban de manejarlo como podían. Él se unió a los otros y se dispuso a ayudarlos. No estaba asustado. Ya habían pasado por tormentas como aquella y habían sobrevivido perfectamente. Esta vez no sería diferente. O eso creía él.
La tormenta aumentó su intensidad, y el mar azotaba cada vez más a aquel intruso que se dignaba a navegar sus aguas. La tripulación hacía intentos desesperados, pero la naturaleza les ganó la partida. Estrechó sus lazos de agua salada alrededor del barco y se lo llevó hacia las profundidades. La lluvia emborronaba la visión, y el navío desapareció de un momento a otro. Satisfecha, la tormenta amainó y las aguas se calmaron.

* * *

Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.

Rocío Foltran

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