
¿Por qué la felicidad dura tan sólo unos pocos segundos? ¿Por qué cuando al fin sentimos que somos felices, siempre algo tiene que llegar para arruinarlo todo? Cuando por fin uno tiene esperanzas de que todo va a estar bien, de que las cosas que suceden son las correctas, nos chocamos contra una pared que nos destruye, nos desmorona. La vida no nos quiere ver bien, quiere que haya siempre complicaciones con las que lidiar. Que el camino no sea tan fácil. Cuando por fin la balanza ha alcanzado su equilibrio, cuando podemos suspirar aliviados pensando que por fin terminamos de luchar, siempre algo cae sobre la balanza y la desequilibra, con lo que debemos volver a levantarnos. Se nos demuestra continuamente que la felicidad dura poco, demasiado poco como para alcanzar a disfrutarla. Dicen que después de todo lo malo siempre llega algo bueno. Pero también después de todo lo bueno siempre llega algo malo. Después del verano siempre volverá el invierno. Y no hay nada que podamos hacer para impedirlo.
* * *
Clara acomodó los papeles desordenados del escritorio. Los juntó en una pila y los guardó en un cajón. Apagó la computadora, comprobó que no se olvidaba nada, tomó su cartera y un par de carpetas y salió de la oficina. En el ascensor se encontró con un par de colegas, de otros pisos. Los saludó e intercambió un par de palabras con ellos. Había sido otro día normal para ella, sin grandes sobresaltos, sin nada importante que lo hiciera distinto a los otros. Simplemente un día más que tachar en el calendario.
Salió del edificio, distraída, pensando en qué cenaría aquella noche, cuando chocó contra algo duro, que le hizo perder el equilibrio y tirar las carpetas. Sorprendida, se enderezó y recogió lo que se le había caído. Entonces se dio cuenta de que no había chocado con algo, sino con alguien. Levantó la vista y se encontró con unos ojos oscuros y amables que le sonreían. Clara se ruborizó.
-Lo siento mucho, señorita. Me temo que no estaba prestando atención mientras caminaba- se disculpó el hombre, con una sonrisa.
-No, es… está bien, yo tampoco…- Sin darse cuenta, se encontró examinando su rostro. Era agradable, sin ser demasiado llamativo, de tez blanca y cabello oscuro, combinando con sus ojos. Era lacio, y lo llevaba levemente crecido y despeinado. Alrededor de sus ojos tenía unas pequeñas arruguitas, producto de su expresión alegre. Se detuvo en cada centímetro de su rostro, totalmente anonadada.
-Santiago- dijo él entonces, sacándola de su ensimismamiento, y le tendió su mano derecha.
-Ah, sí… Soy Clara- estrechó su mano, esbozando una leve sonrisa.
-Un placer conocerla. Espero volver a encontrarla… Saludos.
Y se marchó. Ella siguió su caminar hasta que dobló y lo perdió de vista. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que no respiraba. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia su auto. Sus mejillas todavía estaban encendidas.
Llegó a su departamento y se cambió, poniéndose ropa más cómoda. Alimentó a su perro, y se tiró en el sillón a ver un poco de televisión. Una y otra vez su mente repasaba su encuentro con ese desconocido, aquel hombre llamado Santiago, con esos ojos que la habían deslumbrado. Y se reprochaba una y otra vez por su comportamiento, tan torpe e inexperto. Qué tonta debió haber parecido. Trató de apartarlo de sus pensamientos, pero por más que lo intentó no pudo, y la acompañó incluso a la cama, hasta que por fin pudo sumergirse en un sueño tranquilo.
Al día siguiente se levantó con un nerviosismo anormal, así como también su torpeza se encontraba exacerbada. Con esfuerzo puso su mente en su trabajo, y logró distraerse en el transcurrir de la mañana. Pero cuando salía de la oficina aquellos nervios inexplicables la volvieron a atacar. Su corazón latía con fuerza y su estómago se retorcía, expectante. Ya en la calle, miró para todos lados, pero no vio ni rastro de él. Eso la calmó, pero también le dejó un leve sentimiento de decepción. Alarmada por tantas sensaciones nuevas y extrañas en ella, volvió con rapidez a su hogar. Hacía tanto que no se sentía así… Es más, nunca se había sentido así, pensó. ¿Qué le estaba pasando? Apenas conocía a ese hombre, pero él acaparaba cada rincón de su mente. No podía ser que tuviera ese efecto en ella. Era totalmente idiota.
Ninguno de los días que pasaron luego lo volvió a ver. Aparentemente había sido sólo un encuentro casual. Una casualidad que él haya pasado por esa calle en el preciso momento en que ella salía del edificio. Pero cuanto más casual es un evento, más queremos y más esperanza tenemos en que se repita. El fin de semana les habló de Santiago a sus amigas. Ellas la escucharon con emoción. Le recomendaron que no se ilusionara tontamente, pero que no perdiera las esperanzas. “Nunca se sabe, tal vez te lo vuelvas a encontrar…” Pero Clara no sabía si de verdad quería que eso sucediera. No le gustaba ese remolino de sentimientos que tenía lugar dentro suyo cada vez que se permitía pensar en él.
Rocío B. Foltran

