miércoles, 19 de mayo de 2010

Clara - Parte III


¿Por qué la felicidad dura tan sólo unos pocos segundos? ¿Por qué cuando al fin sentimos que somos felices, siempre algo tiene que llegar para arruinarlo todo? Cuando por fin uno tiene esperanzas de que todo va a estar bien, de que las cosas que suceden son las correctas, nos chocamos contra una pared que nos destruye, nos desmorona. La vida no nos quiere ver bien, quiere que haya siempre complicaciones con las que lidiar. Que el camino no sea tan fácil. Cuando por fin la balanza ha alcanzado su equilibrio, cuando podemos suspirar aliviados pensando que por fin terminamos de luchar, siempre algo cae sobre la balanza y la desequilibra, con lo que debemos volver a levantarnos. Se nos demuestra continuamente que la felicidad dura poco, demasiado poco como para alcanzar a disfrutarla. Dicen que después de todo lo malo siempre llega algo bueno. Pero también después de todo lo bueno siempre llega algo malo. Después del verano siempre volverá el invierno. Y no hay nada que podamos hacer para impedirlo.

* * *

Clara acomodó los papeles desordenados del escritorio. Los juntó en una pila y los guardó en un cajón. Apagó la computadora, comprobó que no se olvidaba nada, tomó su cartera y un par de carpetas y salió de la oficina. En el ascensor se encontró con un par de colegas, de otros pisos. Los saludó e intercambió un par de palabras con ellos. Había sido otro día normal para ella, sin grandes sobresaltos, sin nada importante que lo hiciera distinto a los otros. Simplemente un día más que tachar en el calendario.
Salió del edificio, distraída, pensando en qué cenaría aquella noche, cuando chocó contra algo duro, que le hizo perder el equilibrio y tirar las carpetas. Sorprendida, se enderezó y recogió lo que se le había caído. Entonces se dio cuenta de que no había chocado con algo, sino con alguien. Levantó la vista y se encontró con unos ojos oscuros y amables que le sonreían. Clara se ruborizó.
-Lo siento mucho, señorita. Me temo que no estaba prestando atención mientras caminaba- se disculpó el hombre, con una sonrisa.
-No, es… está bien, yo tampoco…- Sin darse cuenta, se encontró examinando su rostro. Era agradable, sin ser demasiado llamativo, de tez blanca y cabello oscuro, combinando con sus ojos. Era lacio, y lo llevaba levemente crecido y despeinado. Alrededor de sus ojos tenía unas pequeñas arruguitas, producto de su expresión alegre. Se detuvo en cada centímetro de su rostro, totalmente anonadada.
-Santiago- dijo él entonces, sacándola de su ensimismamiento, y le tendió su mano derecha.
-Ah, sí… Soy Clara- estrechó su mano, esbozando una leve sonrisa.
-Un placer conocerla. Espero volver a encontrarla… Saludos.
Y se marchó. Ella siguió su caminar hasta que dobló y lo perdió de vista. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que no respiraba. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia su auto. Sus mejillas todavía estaban encendidas.
Llegó a su departamento y se cambió, poniéndose ropa más cómoda. Alimentó a su perro, y se tiró en el sillón a ver un poco de televisión. Una y otra vez su mente repasaba su encuentro con ese desconocido, aquel hombre llamado Santiago, con esos ojos que la habían deslumbrado. Y se reprochaba una y otra vez por su comportamiento, tan torpe e inexperto. Qué tonta debió haber parecido. Trató de apartarlo de sus pensamientos, pero por más que lo intentó no pudo, y la acompañó incluso a la cama, hasta que por fin pudo sumergirse en un sueño tranquilo.
Al día siguiente se levantó con un nerviosismo anormal, así como también su torpeza se encontraba exacerbada. Con esfuerzo puso su mente en su trabajo, y logró distraerse en el transcurrir de la mañana. Pero cuando salía de la oficina aquellos nervios inexplicables la volvieron a atacar. Su corazón latía con fuerza y su estómago se retorcía, expectante. Ya en la calle, miró para todos lados, pero no vio ni rastro de él. Eso la calmó, pero también le dejó un leve sentimiento de decepción. Alarmada por tantas sensaciones nuevas y extrañas en ella, volvió con rapidez a su hogar. Hacía tanto que no se sentía así… Es más, nunca se había sentido así, pensó. ¿Qué le estaba pasando? Apenas conocía a ese hombre, pero él acaparaba cada rincón de su mente. No podía ser que tuviera ese efecto en ella. Era totalmente idiota.
Ninguno de los días que pasaron luego lo volvió a ver. Aparentemente había sido sólo un encuentro casual. Una casualidad que él haya pasado por esa calle en el preciso momento en que ella salía del edificio. Pero cuanto más casual es un evento, más queremos y más esperanza tenemos en que se repita. El fin de semana les habló de Santiago a sus amigas. Ellas la escucharon con emoción. Le recomendaron que no se ilusionara tontamente, pero que no perdiera las esperanzas. “Nunca se sabe, tal vez te lo vuelvas a encontrar…” Pero Clara no sabía si de verdad quería que eso sucediera. No le gustaba ese remolino de sentimientos que tenía lugar dentro suyo cada vez que se permitía pensar en él.

Rocío B. Foltran

domingo, 2 de mayo de 2010

Clara - Parte II


Los días pasan más rápido de lo que deberían. No nos dan tiempo a disfrutarlos. Queremos atraparlos, sostenerlos, pero se escurren como aire. Los meses corren, y cuando nos paramos a mirar alrededor nuestro, nos damos cuenta de que otro año más se ha ido. Y otro comienza, pero igual de rápido se nos escapa de las manos. Aunque tratemos de hacerlo durar, el tiempo se ríe y corre, mientras nosotros lo seguimos en una persecución eterna.

* * *

Clara se levantó perezosamente aquella mañana. Eran las 10, y tenía ganas de seguir durmiendo. A pesar de todos los cambios ocurridos, que la hacían muy feliz, aún había un hueco dentro suyo. Algo que faltaba. Pero no podía saber qué era.
Se desperezó y se vistió despacio. Desayunó un café con leche y tostadas, y luego de poner el lavarropas en marcha fue a buscar una gran caja azul que guardaba en el estante más alto del ropero. Se sentó en un sillón y lo abrió. Allí dentro guardaba fotos familiares y otros recuerdos asociados, mayormente, a su madre. Ella había muerto siendo Clara sólo una infante, y tenía vagos recuerdos de ella. Lo que más recordaba era su sonrisa. Su sonrisa brillante y alegre, como una luz en la oscuridad. Clara cerró los ojos y viajó atrás en el tiempo, a aquellos ojos azules, tan amorosos y llenos de vida, aquellas manos suaves acariciando su cabeza, aquellos labios tiernos besando su frente. Pero otro recuerdo, otro más oscuro, inundó su mente de un momento a otro. Abrió los ojos con brusquedad. No quería pensar en su enfermedad. No quería pensar en cómo se había llevado a su madre de a poco, dejando sólo un cuerpo cadavérico y sin luz propia, una sombra de lo que había sido.
Bajó la vista y se puso a revolver entre los viejos álbumes de fotos, tapizados de tierra por el olvido. No se permitía a menudo pensar en ella, ya que siempre la invadía una ola de dolor. Tomó un libro blanco, y con creciente curiosidad lo abrió. Era de la boda de sus padres. La vio allí, vestida de blanco, sobre una escalera decorada con margaritas multicolores. Y su sonrisa, nerviosa, emocionada, exultante. En la foto siguiente estaba con su padre, en la flor de su juventud, sus ojos oscuros brillando como nunca los había visto. Se tomaban de la mano, y sonreían para la cámara. Era tal la felicidad que reflejaba aquella fotografía que Clara se vio obligada a mirar hacia otra parte. Un dolor intenso oprimía su corazón. Pero ella sabía que no sólo se debía a lo mucho que extrañaba a su madre. Allí se dio cuenta. En ese preciso momento. Clara se sentía sola. Muy sola.
Suspiró, y cerró el álbum. Escuchó. El departamento estaba en silencio. Demasiado silencio. Sabía que su perro dormía, pero el silencio la desgarraba, la soledad le quemaba por dentro. Se contuvo. Un nudo se le armó en la garganta. Cerró los ojos y trató de respirar con normalidad. Pero era demasiado fuerte, y las lágrimas brotaron sin control. Se tomó el rostro con las manos, y allí se quedó, hecha un ovillo en el sillón. Media hora, una hora, una hora y media. Afuera llovía incesantemente. La sala estaba a oscuras, se oían las gotas repicar en los vidrios. Y un golpe seco. La caja azul había caído al suelo, esparciendo polvo y muchos otros álbumes sin abrir, muchas otras muestras y recordatorios de lo que ella no tenía. Y que tampoco esperaba tener.

Rocío B. Foltran