jueves, 22 de octubre de 2009

Sentimientos


Todas sus penas y sus lamentos fueron resumidos en una sola, pequeña y brillante lágrima, que rodó lentamente por su cara hasta depositarse suavemente sobre el suelo. El funeral de Matt terminaba.
-Vámonos- le susurró su hermana al oído.
Sus piernas se movieron pesadamente al caminar de regreso a su casa, pero ella no se dio cuenta. Todo lo sucedido en la última hora volvía a su memoria, como cuadros de una película. No podía concebirlo. No podía ser verdad. Era demasiado doloroso.
Al llegar a su casa subió las escaleras y se dirigió a su habitación. En el camino saludó a su perrito Lui, que cariñosamente se le había acercado al notar algo triste en su mirada. Sus ojos se encontraron y la nariz húmeda del perrito rozó suavemente su mano, en señal de que entendía su dolor y de que la acompañaría siempre. Luego Nadin entró a su habitación y se recostó en la cama. Pero no podía dormir, ni pensar. No podía comer, ni reír, ni llorar. Se sentía vacía por dentro. Todas sus emociones se habían ido a donde fuera Matt, y no podía encontrarlas. Y creyó que no las encontraría jamás.

* * *
Horas más tarde, anochecía, y la madre de Nadin subía para despertar a su hija. Se acercó a ella y la sacudió suavemente. Nadin estaba despierta, pero no quería abrir los ojos. Finalmente, se incorporó y se abrigó, ya que había refrescado. Tomó su mochila y se dispuso a hacer los deberes, pero la muerte de Matt la había dejado con la mente turbada. Entonces se sentó en una silla junto a la ventana y perdió la vista entre las hojas de los árboles que se veían.
La madre le subió la merienda. Nadin tomó lentamente la taza caliente entre sus manos y fijó la mirada en la bandeja. En la pulida y brillante bandeja donde podía ver su reflejo. En la bandeja de acero, como un cuchillo. Ante tal pensamiento Nadin se estremeció. Pensó en Matt y en la amistad que habían llevado durante tantos largos años. ¿Le habría perdonado todas las cosas que le había hecho durante ese tiempo? Tal vez sí, pero ella no se perdonaría nunca. Jamás se perdonaría todas las maldades que le había hecho. Y menos perdonaría a su mano hundiendo prolijamente aquel cuchillo en el pecho de Matt. Pero todo estaba hecho ya.

Rocío Foltran

miércoles, 14 de octubre de 2009

La Playa


Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.
El calor lentamente comenzó a hacerse sentir en aquella costa hecha de marfil. Las nubes habían escapado al ver al sol despertarse, permitiendo a sus rayos alcanzar la tierra. Algunos pájaros tropicales empezaban su canto y se unían al ruido de las olas. Unos pequeños cangrejos salían de sus escondites a tomar algo de sol e internarse luego en el agua. La playa iba cobrando vida. Sin embargo, aquel cuerpo seguía inconsciente.
Tras la insistencia del calor y las olas, los ojos de aquel hombre se abrieron con pereza. Con una de sus manos se cubrió los ojos, ya que la luz era demasiado intensa. Estaba mareado y confundido, y se incorporó lentamente. Recorrió con los ojos el panorama que se extendía a su alrededor, y su corazón latió con más fuerza y más rápido que antes. Estaba asustado. No sabía dónde se encontraba. No reconocía aquel lugar. Temía estar perdido en el medio del océano sin remedio.
Trató de calmarse y respiró profundamente. Intentó pensar de manera práctica y aclarándose la mente, decidió que lo primero y principal era conseguir agua y alimento. Sino, no duraría mucho en aquel lugar. Se incorporó, con la ropa endurecida por la sal marina, y sintiendo mucho calor. Se quitó el abrigo y se encaminó hacia la sombra que ofrecían los árboles de la selva que se extendía más allá de la costa. Era difícil caminar sobre la arena, pero pronto llegó a destino. Adaptando la vista a aquel ambiente más oscuro, se internó en la espesura.
Exploró el lugar hasta que encontró un angosto río de aguas cristalinas. La selva era un lugar de aspecto pacífico y tranquilo, especialmente abundante en pájaros de todos los colores. Se quitó la ropa acartonada y se dio un baño. El agua estaba fresca y calmaba un poco el calor agobiante que empezaba a invadir todo. También bebió una buena cantidad de líquido, y se dio cuenta de que más adelante debería encontrar alguna forma de abastecerse. Se vistió con lo más ligero que llevaba y buscó comida. En esa parte de la isla no había árboles frutales, por lo que decidió acercarse a la playa y bordearla. ¿Isla? ¿Estaba seguro? Bueno, debía ponerle un nombre a aquel lugar. Pero la palabra “isla” lo aterrorizó enormemente.
Cuando volvió a la costa, dirigió la mirada hacia la inmensidad del mar que se veía desde allí. Algo le llamó la atención. No había rastros del barco ni de ningún otro tripulante. Pero recordó que ninguno de los otros marineros, ni él mismo, habían divisado tierra en ningún momento. No recordaba que hubiera tierra en aquella parte del océano. ¿Cómo había llegado hasta allí, entonces? Lo había arrastrado la corriente, quizá. Pero se debería haber ahogado. No entendía. El sol le quemaba la cabeza, así que decidió no darle más vueltas al tema y siguió caminando, pero al abrigo de la sombra.
Luego de un rato de mucho caminar, se sentó a descansar. Si no encontraba frutas debía entonces comer carne o pescado. Hizo una mueca, y recordó que había guardado un encendedor en su bolsillo del pantalón. Su rostro se iluminó y rogó que todavía funcionara. Lo buscó casi frenéticamente y lo encendió. Para su alivio, una llama azul se asomó. Por primera vez, dio gracias por fumar. De repente, un súbito movimiento y ruido de hojas lo sorprendió varios metros lejos de allí. Él se dio vuelta al instante, congelado. Esperó unos instantes pero nada ni nadie se asomó por entre la maleza. Se calmó y pensó que probablemente había sido algún animal. Se olvidó del tema y procuró pescar algo para comer.
Horas más tarde se hallaba sentado sobre una piedra plana contemplando el atardecer. Cerca de él, una pequeña fogata crepitaba alegremente. El calor estaba amainando y todo estaba en calma. Sus pensamientos vagaban sin rumbo específico hacia atrás en el tiempo. Por alguna extraña razón no podía recordar nada de lo sucedido. Recordaba el barco, pero luego todo se nublaba y sus recuerdos saltaban directamente al momento en que se despertó en la playa. Quizá se había golpeado la cabeza en ese instante y había quedado inconciente. Todavía era un misterio para él cómo había llegado hasta allí sano y salvo. Y qué había pasado con el barco y los demás tripulantes. Tal vez alguno había sobrevivido y se encontraba en otra parte de la isla. Debería investigar.
El sol terminó de esconderse y la noche se cerró, sólo iluminada por las estrellas y la luna creciente. El hombre se abrigó y se acercó al fuego. Había juntado una buena cantidad de ramas y hojas para usar como leña, así que no le preocupaba que se apagara durante la noche. Aún así estaba intranquilo. Algo le molestaba por dentro. La selva estaba en calma y las estrellas le guiñaban amigablemente desde el cielo oscuro. Pero algo de todo esto le hacía desconfiar. A pesar de todo, se acomodó como pudo en la arena esponjosa y se durmió enseguida.
A las pocas horas se despertó sobresaltado. Un sonido grave provenía de las profundidades de la selva oscura. Se incorporó de golpe y con sorpresa descubrió que el fuego estaba apagado. Un escalofrío le recorrió la espalda. No sólo se debía al frío, que era tal que lo hacía tiritar. Su mirada se clavó en los árboles inmóviles. Su respiración se agitó y escuchó el sonido de sus latidos en las orejas. Un arbusto tembló. La curiosidad fue más fuerte que el miedo y se levantó y caminó en dirección del arbusto.
El sonido proveniente de las profundidades de la selva era hipnotizante. Algo en él hacía que no pudiera dejar de caminar en su dirección. Otro arbusto tembló. El hombre siguió caminando sin pensar. No sabía lo que estaba siguiendo, pero era indudable que lo atraía hacia él. El sonido era un mero susurro, casi una llamada. Siguió caminando. El ruido aumentó su intensidad. Era familiar, pero no sabía a qué asociarlo. Más allá, un claro interrumpía la espesura continua.
Llegó hasta el claro, y con temeridad entró en él. Una luz enceguecedora lo sorprendió y un pitido agudo lo dejó sordo.

* * *

Un movimiento vertiginoso lo mareaba. El lugar mullido donde su cuerpo yacía se mecía a un ritmo familiar. Abrió los ojos. La oscuridad al principio no lo dejó ver, pero la luz de la luna se filtraba por la ventanita de su pequeño camarote. Confundido, se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Todas sus pertenencias estaban en su correcto lugar, y la luna indicaba que su siesta había durado más de lo previsto. Entonces recordó que debía cambiar el turno de la guardia y le tocaba a él. Salió rápidamente y fue a su puesto.
Mirando las nubes amontonadas tapando a las estrellas, reflexionó un buen rato. Las olas golpeaban un poco bruscamente el navío, y un viento fresco lo despeinaba. Había sido tan real… y sin embargo había durado solo unos pocos minutos, todo producto de su inconciencia. Pero él estaba seguro de haber sentido esa arena esponjosa, ese calor agobiante, esa desesperación, esa hambre, ese miedo… Aunque ahora que lo pensaba mejor, no podía estar seguro de haberlo sentido realmente. Lo sucedido se convertía en memorias borrosas en su mente, y decidió no darle más importancia que a un sueño común y corriente. Sólo se debía al temor que le causaba siempre estar tan lejos de casa.
El viento aumentó su intensidad y las nubes comenzaron a llover sobre el océano. El hombre suspiró. Le gustaba sentir la suavidad de las gotas cayendo sobre su rostro. Pero aquella suavidad no duró mucho tiempo. Las olas golpeaban frenéticamente el barco tratando de abrazarlo y hundirlo. La lluvia caía a baldazos y el viento chillaba a su paso. En el navío la alarma se expandía y los marineros trataban de manejarlo como podían. Él se unió a los otros y se dispuso a ayudarlos. No estaba asustado. Ya habían pasado por tormentas como aquella y habían sobrevivido perfectamente. Esta vez no sería diferente. O eso creía él.
La tormenta aumentó su intensidad, y el mar azotaba cada vez más a aquel intruso que se dignaba a navegar sus aguas. La tripulación hacía intentos desesperados, pero la naturaleza les ganó la partida. Estrechó sus lazos de agua salada alrededor del barco y se lo llevó hacia las profundidades. La lluvia emborronaba la visión, y el navío desapareció de un momento a otro. Satisfecha, la tormenta amainó y las aguas se calmaron.

* * *

Las olas provenientes del mar golpeaban suavemente la costa de arenas blancas. Un cuerpo yacía inconsciente, y las aguas lamían tiernamente su piel. En el amanecer de un nuevo día, no se escuchaba otra cosa más que el murmullo del mar.

Rocío Foltran

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Bosque


Una gota cae. Su tinte rojo carmín tiñe la superficie a medida que se dispersa. Otra gota que cae. La mancha se diluye y va tomando una coloración violácea, producida por el matiz azulado del río. El río, en calma. Otra gota carmesí cae. Un quejido de dolor la acompaña en su trayectoria.
Sus ojos, hinchados, se entrecierran y su boca, del color de las gotas que manan de su brazo izquierdo, se tensa en una mueca de disgusto. Trata de detener aquel derrame que ya tiñe gran parte del agua a su alrededor.
Sabe que va a morir. Está seguro. Lo asume. Lo acepta. No sabe si en cinco minutos, dos horas, o tal vez (este pensamiento lo esperanza) en diez años. Él sólo quiere retrasar lo inevitable.
Su mano derecha sostiene un pañuelo sobre la herida. No es la única, pero sí la más grave. Sus ojos miran con indiferencia su mano izquierda, que intenta mover los dedos, aunque ya ha perdido un poco de sensibilidad. Luego de un rato, su mirada se dirige al horizonte. El sol se acerca, casi lo toca. Sabe que debe llegar antes de la noche si quiere vivir. Ahora su mirada se posa en los árboles a su alrededor. Dicen que hay muchos animales salvajes. Él sabe que es verdad, y por eso debe apurarse.
Las gotas siguen cayendo. Pero son cada vez menos. El pañuelo, antes blanco, tiene el color del vino tinto. Con su brazo ileso corta una tira de tela de su camisa, y la ata fuertemente sobre el corte profundo que parece mejorar un poco. Se levanta despacio y sus fuertes piernas vuelven a soportar su peso. Tambaleándose levemente, se dirige hacia lo que piensa que es el Este. Cojea un poco, ya que su pierna derecha está malherida a la altura del muslo.
Nuevas gotas caen, pero ahora tiñen el pasto y la hierba. Él camina, sin darse cuenta de que va dejando un rastro tras de sí. Sin saber que pueden seguirlo. Sin saber que su olor puede atraer compañía indeseada.
La oscuridad avanza lentamente sobre el bosque. Él dirige todos sus pensamientos en una sola dirección: debe llegar antes de que sea completamente de noche. Con un gran esfuerzo pone un pie delante del otro. Pone toda su voluntad en seguir caminando a través de la densa maleza. Cada tanto se detiene para tomar agua de la pequeña botella que lleva en un bolso. Sin embargo siente que cada vez tiene más sed.
El hambre lo empieza a atormentar, pero sólo posee unas pocas galletas y una lata de guisantes. Podría cazar, pero su estado se lo impide. Luego de caminar un kilómetro con el hambre a cuestas, se sienta en un claro a comer lo único que tiene. Mientras, mira a su alrededor, y piensa.
“Maldito animal salvaje”. Su mente vuelve atrás en el tiempo y recuerda el inicio de su expedición, que parecía tan prometedor en su principio. Se arrepiente de haberse metido tan profundo en la espesura del bosque. Aquello que antes lo hacía tan feliz, ahora le remuerde la conciencia. Y se habían topado con una bestia, un animal descontrolado y salvaje, que terminó con la vida de sus dos compañeros y casi con la de él. Él logró defenderse con su cuchillo de caza una vez que las balas de su rifle se terminaron. El animal falleció, pero él ahora se encuentra solo, y sabe que si no llega a la civilización antes de que el sol se termine de esconder, será muy tarde para él.
La comida se acaba rápidamente, así que toma otro trago de agua y sigue caminando hacia lo que cree es el Este. Trata de ir más rápido, ya que la oscuridad sigue avanzando a pasos agigantados. Camina y camina, pero los árboles son todos iguales y nada cambia en el paisaje. Camina y camina, pero lo único que cambia es la oscuridad creciente. Teme estar perdido, pero cree haber caminado todo el tiempo en línea recta. En algún momento tiene que llegar a algún lado. En algún punto el bosque y su espesa maleza deben terminar.
A pesar de haber comido, el hambre sigue haciéndose sentir. Cada vez tiene más sed, pero se niega a tomar más agua dado que le queda poca cantidad. Le empieza a doler la cabeza, y siente que su visión se nubla un poco. Tiene calor, a pesar de que a medida que la oscuridad avanza, también lo hace el frío. “Debo haberme infectado”, piensa con seriedad. Alguna de todas aquellas heridas debió haberse infectado. Esto le preocupa, y trata de caminar más rápidamente.
El dolor de cabeza se acrecienta, así como la oscuridad. Empieza a tener miedo. Las sombras lo asustan enormemente. Quiere llegar, pero su pierna cojea y la herida del brazo vuelve a dolerle. La sed se le hace insoportable, y de un trago vacía su botella de agua. La tira a un costado, junto con el bolso que ya no le sirve para nada, y sigue avanzando. La densidad de la maleza no disminuye. La oscuridad crece. Su impaciencia aumenta. Pero algo más surge de las profundidades de su ser.
DESESPERACIÓN.
Su respiración se torna entrecortada mientras avanza a trompicones tratando de llegar a alguna parte. Su pierna malherida se resiste. En algún lugar lejano del bosque, se oye el aullido de un animal. El miedo y la desesperación se apoderan de él. Los árboles siguen siendo iguales, y el paisaje sigue sin cambiar. Su cabeza estalla de dolor, su boca está completamente reseca, su piel hierve y su visión se hace cada vez peor. Va a morir. Lo presiente.
Sus fuerzas lo abandonan casi completamente. Se pone en cuatro patas y gatea por la hierba. De repente siente más hambre que nunca en su vida. Ya no lo soporta. Cada milímetro de su cuerpo le duele o le molesta. Pero él sigue avanzando. Aunque ya no tiene esperanza. Va a morir. Va a morir. Va a morir.
La oscuridad es casi completa, y la luna empieza a hacerse camino entre las hojas de los árboles. Su mano choca contra algo duro y siente el dolor punzante de algo clavándosele en la piel. Y entonces escucha el aullido de un animal muy cerca de él. Pánico. Alguna bestia lo ha seguido y planea cenar con él. Va a morir.
Gatea hacia delante torpemente. Lo único que siente es dolor, miedo y pánico. Pánico total. Sigue sintiendo pequeños y cortos aullidos, cada vez más cerca. La inconciencia empieza a avanzar sobre su ser. No sabe por qué aquel animal tarda tanto en acabar con él. “Tal vez lo esté disfrutando”, piensa. Sin embargo, le parece que aquellos aullidos llevan algo de dolor en su sonido. “Quizá esté lastimado.”, piensa. “No importa, que acabe conmigo de una buena vez.”
Sus fuerzas terminan de abandonarlo. Se deja caer sobre el suave césped. No escucha nada más que el sonido del viendo entre las hojas sobre él. De repente se oye un aullido casi humano, casi animal, muy cerca de él. Y se da cuenta de que es él mismo. Nadie lo acompaña en su soledad. Su soledad perdida en aquel bosque infernal, donde sólo el viento y la luna se abren camino entre los árboles para llegar hasta él. Cierra los ojos, y todo se vuelve negro. “Muero.”

* * *

El sol de un nuevo día se alza sobre el horizonte y sus finos rayos se cuelan entre la maleza. Con una punzada de dolor en sus ojos, los abre. Se alegra al comprobar que todavía está vivo, y que parece mejorar, ya que su visión es perfecta. Tiene los músculos agarrotados, y se siente extraño. Se incorpora y llena sus pulmones de aire. Le parece más puro que la noche anterior. Qué alegría que es estar vivo. El bosque y sus árboles se le hacen amigables. Ya no tiene miedo.
Se levanta, pero nota con extrañeza que sus ojos están más cerca del suelo que lo habitual. Ya no siente las heridas y su cabeza no le duele, aunque tiene calor y algo de sed. Camina un tramo, y escucha el sonido reconfortante del agua corriendo suavemente por su curso. Él trota alegremente hasta que encuentra un arroyo cristalino. Se acerca despacio a la orilla, se inclina y estira un brazo.
Queda paralizado del horror. No es su rostro el que le devuelve la mirada en la superficie espejada del agua, sino uno peludo, de ojos oscuros y mandíbula alargada. Sólo reconoce en él mismo el terror en su mirada.

* * *

El atardecer de otro día se cierra en el bosque, y un lobo de aspecto afligido camina lentamente por entre sus árboles, en las cercanías de un pueblo. Dirige la mirada hacia atrás con tristeza, y se interna en la espesura.

Rocío Foltran