
Gotea. Tu amor es como una aguja clavándose profundamente en el corazón. Gotea, sí, gotea la sangre. Va cayendo lentamente. El filo se separa de la carne y vuelve a entrar, como si no pudiera separarse permanentemente de ella. Como debería ser entre ambos… pero no, lo es entre la aguja y el corazón, acero y carne, unidos y destruyéndose el uno al otro. Gotea. La herida es cada vez más grande, más profunda… El dolor es intermitente, pero incesante. No, no acaba jamás. Sigue ahí, acompañando el desangrado. Qué carmín que es la sangre. Sanaría, es seguro que la herida sanaría, si el filo pudiera separarse de su compañera. Simbiótico. Casi.
Gotea. Arde. Arde como ácido, como fuego, quema, sube por las venas y llega hasta la punta de cada extremidad. El calor sube, baja, aumenta, disminuye, pero está ahí. Siempre está ahí. En un intento desesperado, la carne se separa del cuchillo y corre. Escapa, huye, esquiva, se esconde, sigue corriendo. Gotea en el camino. Pujante, atraviesa la niebla del olvido y del perdón. Pero del otro lado se detiene, choca. No hay paso, está obstruido. Pánico, se resbala y vuelve a caer. Como en un pozo oscuro y sin fondo. Y vuelve. Siempre vuelve. Espera ahí, a que caiga de nuevo en sus brazos, con una sonrisa triunfante y cegadora. Cada vez es más difícil. Mucho más difícil.
Pero la sangre continúa goteando… Algún día terminará, supongo. Cuando la aguja finalmente se separe del corazón, definitivamente. Y es en ese entonces cuando descansaré en paz. Cuando la sangre deje de gotear.
R. B. Foltran

