viernes, 1 de octubre de 2010

Espejado


Un sollozo se ahoga en tu pecho. La angustia nada en aquellas lágrimas cristalinas que no paran de gotear desde tus ojos apagados. La respiración se entrecorta. La cabeza te da vueltas, las palabras se quiebran antes de separarse de tus labios. Un dolor agudo y punzante te desgarra por dentro. Como el hielo al desquebrajarse. Como una vasija se rompe al estrellarse contra el suelo, estallando en mil pedazos pequeños. Así te rompes por dentro. Tu corazón sangra. Sangra en una herida abierta brutalmente.
Tu mirada vacía y exhausta se encuentra en un espejo. Odias lo que ves. Tu rostro te devuelve una imagen sin color, nebulosa. Tus manos temblorosas acarician la arrugada piel debajo de tus ojos apagados. Sigue húmeda, puesto que las lágrimas no paran de caer. Y naufragas en las lágrimas, ahogándote y siendo revolcada continuamente por olas de sentimientos encontrados. Sentimientos a los que ya no les encuentras sentido. Sentimientos que se agolpan en un remolino y no dejan de girar, confundiendo aún más lo ya confuso. Tu pecho se contrae espasmódicamente con cada sollozo que no termina de proyectarse. Muere en la garganta, llenándote aún más de congoja. Congoja de la que no terminas de liberarte. Se aferra a ti, a tu corazón roto, a tu alma quebrada, a tu sangre hirviente bajo aquellos pómulos sonrosados.
Tus débiles dedos reposan sobre la fría superficie espejada. Absorben ese frío, lo asimilan, lo sienten en cada fibra. Quieres frío. Helada eterna. Quieres destruir aquella imagen que no para de recordarte lo que ya te destruye por dentro. Quieres que acabe. Ya estás descosida completamente, los retazos ya no se pueden remendar. Apoyas cada centímetro de su dolorida piel sobre el espejo, como si quisieras unirte con su reflejo.
Ya no estás. Del otro lado ya no te ves. Dejaste toda la agonía detrás de ti. Del otro lado hay paz. Y como Alicia del otro lado del espejo te adentras en otro mundo, esperando que aquel no sea tan cruel contigo.

R. B. Foltran