A la mañana siguiente, Guillermo creyó que había soñado. Miró la fecha en el despertador de la mesita de luz y vio que efectivamente el día anterior había transcurrido.
No le había contado a nadie del asunto, y no pensaba hacerlo. Esperaba que no hubiera sido realidad. Esperaba que desapareciera de su mente. Esperaba no volver a verla.
Estuvo intranquilo toda la mañana. En el trabajo estaba más distraído y nervioso que nunca. No dejaba de mirar por la ventana. No la vio hasta que salió.
Como una sombra lo acompañó todo el camino a su casa. Le pareció que las demás personas no la podían ver. Nadie se inmutaba.
Llegó a su casa y, al igual que el día anterior, la dejó pasar. Ninguno dijo nada. Nada hasta que se sentaron uno frente al otro. Sus miradas se cruzaban en silencio. Él tenía miedo. Ella no, porque no podía sentir.
-Bien, vayamos al grano.
Guillermo se asustó. No quería acompañarla.
-Voy a quedarme cerca tuyo por un tiempo. No saldré de la casa, pero estaré aquí cuando estés aquí. Seré tu sombra. Quiero revivir. Seré tu sombra. Quiero recordar. Seré tu sombra. Quiero entender. Seré tu sombra.
Él sabía que no podía negarse, así que se quedó en silencio. No estaba seguro de poder estar tranquilo con ella cerca. Pero antes que otra cosa…
Ella sonrió, se levantó y se dirigió hacia la puerta.
-¿No es la hora?- preguntó él con un hilo de voz.
-Todavía no- la puerta se cerró.
* * *
El resto del día transcurrió lento y tranquilo, sin noticias ni huellas de ella. Ni que ella dejara huellas.
El día transcurrió lento y tranquilo, pero Guillermo no. Por la noche se recostó en su cama a reflexionar. No sería tan malo… una vez que se acostumbrara… “Que feo debe ser ser Ella” pensó en un momento. “Vivir perdido sin vivir.” Temiendo que ella pudiera leer sus pensamientos, se dio media vuelta y se quedó dormido enseguida.
Soñó con desiertos interminables, con mares profundos, con bosques a la luz de la luna, con praderas llenas de flores, con montañas nevadas… Y una sombra, una sombra que se erguía sobre todo y de la que Guillermo trataba de escapar. Por más que corriera y corriera no se alejaba. Se despertó transpirado y enrollado en las sábanas. Se tocó la frente y notó que estaba hirviendo. Llamó al trabajo y se quedó en la casa todo el día.
No supo de ella ni la vio en ningún momento. Eso lo alivió un poco y recuperó algo de la tranquilidad perdida últimamente. Apenas vio un atisbo de ojos negros.
Pasaron semanas y las cosas siguieron igual. Hasta que un día ella apareció en la cocina, en donde Guillermo estaba merendando un café con leche y un tazón de cereales. Se movió lentamente hacia la silla ubicada enfrente de él.
Guillermo tragó saliva y preguntó: -¿Ya es la hora?-
-Todavía no- sonrió ella-. Anduve vagabundeando por tu casa y otros lugares. Recordando. Y ahora me toca ser tu sombra.
-Bueno- respondió Guillermo. Hasta él se sorprendió. Estaba más tranquilo y ya no le asustaba tanto su presencia.
* * *
Las hojas de los árboles pasaron de verdes a secas y cayeron. Las flores se marchitaron y se murieron. El calor se esfumaba y el frío se acercaba.
Y Guillermo seguía igual. Seguía igual, pero con una diferencia. Ya no le molestaba su presencia. Se había acostumbrado a verla vagabundear por ahí. A veces se sentaba al lado de él a mirarlo. A veces no. Nunca hablaba. Aunque él juraría que una vez la escuchó llorar.
Ella ya no le molestaba para nada, hasta a veces se alegraba de tenerla cerca. Ya no se sentía tan solo.
Él no la molestaba para nada, se alegraba de tenerlo cerca. Ya no se sentía tan sola…
-¿Falta mucho?- preguntó Guillermo con serenidad alguna de aquellas noches, sentado junto al fuego de la chimenea.
Ella dudó.
-No…
Empezaron a hablar. Ella le hacía muchas preguntas. Esto a él le causaba algo de gracia. Juraría que una vez ella estuvo a punto de reír… de reír de verdad.
Rocío Foltran

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