jueves, 24 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 3


Los días con sus lentas horas y minutos pasaron, y aquel especial llegó.

-Estoy listo. Vamos- dijo Guillermo, decidido.

Una lágrima cayó por su mejilla mientras ella parpadeaba lentamente.

-No puedo. No… no es tu hora. Te quedan cosas que hacer todavía- susurró-. Debes quedarte. Debo irme. En otro momento será…

-Pero…- replicó Guillermo.

-No. Vete. Incluso el destino puede cambiar.

-Hasta luego, entonces- se despidió el hombre.

-Nos veremos- sonrió ella-. Esto no es un adiós.

Él se acercó y posó sus labios en su mejilla, sintiendo cómo ella se estremecía.

Se dio media vuelta y se alejó. Ella cerró la puerta tras él.

Se llevó una mano a donde él le había dejado un beso de despedida.

-Qué curioso- comentó-. La Muerte encontró a la Vida.

* * *

Guillermo Rodríguez vivió hasta los 120 años. Fundó organizaciones de caridad, ayudó a gente enferma, dio casa a los desamparados. Llevó comida a los hambrientos, llevó paz a lugares desesperanzados.

Hasta que un día, recostado en la cama, vio por la ventana a una viejita de párpados caídos, y ojos negros y sombríos.

Él no tenía miedo. Él la estaba esperando.

Ella lo estaba esperando.

Se fueron de la mano.



Rocío Foltran

lunes, 14 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 2


A la mañana siguiente, Guillermo creyó que había soñado. Miró la fecha en el despertador de la mesita de luz y vio que efectivamente el día anterior había transcurrido.

No le había contado a nadie del asunto, y no pensaba hacerlo. Esperaba que no hubiera sido realidad. Esperaba que desapareciera de su mente. Esperaba no volver a verla.

Estuvo intranquilo toda la mañana. En el trabajo estaba más distraído y nervioso que nunca. No dejaba de mirar por la ventana. No la vio hasta que salió.

Como una sombra lo acompañó todo el camino a su casa. Le pareció que las demás personas no la podían ver. Nadie se inmutaba.

Llegó a su casa y, al igual que el día anterior, la dejó pasar. Ninguno dijo nada. Nada hasta que se sentaron uno frente al otro. Sus miradas se cruzaban en silencio. Él tenía miedo. Ella no, porque no podía sentir.

-Bien, vayamos al grano.

Guillermo se asustó. No quería acompañarla.

-Voy a quedarme cerca tuyo por un tiempo. No saldré de la casa, pero estaré aquí cuando estés aquí. Seré tu sombra. Quiero revivir. Seré tu sombra. Quiero recordar. Seré tu sombra. Quiero entender. Seré tu sombra.

Él sabía que no podía negarse, así que se quedó en silencio. No estaba seguro de poder estar tranquilo con ella cerca. Pero antes que otra cosa…

Ella sonrió, se levantó y se dirigió hacia la puerta.

-¿No es la hora?- preguntó él con un hilo de voz.

-Todavía no- la puerta se cerró.

* * *

El resto del día transcurrió lento y tranquilo, sin noticias ni huellas de ella. Ni que ella dejara huellas.

El día transcurrió lento y tranquilo, pero Guillermo no. Por la noche se recostó en su cama a reflexionar. No sería tan malo… una vez que se acostumbrara… “Que feo debe ser ser Ella” pensó en un momento. “Vivir perdido sin vivir.” Temiendo que ella pudiera leer sus pensamientos, se dio media vuelta y se quedó dormido enseguida.

Soñó con desiertos interminables, con mares profundos, con bosques a la luz de la luna, con praderas llenas de flores, con montañas nevadas… Y una sombra, una sombra que se erguía sobre todo y de la que Guillermo trataba de escapar. Por más que corriera y corriera no se alejaba. Se despertó transpirado y enrollado en las sábanas. Se tocó la frente y notó que estaba hirviendo. Llamó al trabajo y se quedó en la casa todo el día.

No supo de ella ni la vio en ningún momento. Eso lo alivió un poco y recuperó algo de la tranquilidad perdida últimamente. Apenas vio un atisbo de ojos negros.

Pasaron semanas y las cosas siguieron igual. Hasta que un día ella apareció en la cocina, en donde Guillermo estaba merendando un café con leche y un tazón de cereales. Se movió lentamente hacia la silla ubicada enfrente de él.

Guillermo tragó saliva y preguntó: -¿Ya es la hora?-

-Todavía no- sonrió ella-. Anduve vagabundeando por tu casa y otros lugares. Recordando. Y ahora me toca ser tu sombra.

-Bueno- respondió Guillermo. Hasta él se sorprendió. Estaba más tranquilo y ya no le asustaba tanto su presencia.

* * *

Las hojas de los árboles pasaron de verdes a secas y cayeron. Las flores se marchitaron y se murieron. El calor se esfumaba y el frío se acercaba.

Y Guillermo seguía igual. Seguía igual, pero con una diferencia. Ya no le molestaba su presencia. Se había acostumbrado a verla vagabundear por ahí. A veces se sentaba al lado de él a mirarlo. A veces no. Nunca hablaba. Aunque él juraría que una vez la escuchó llorar.

Ella ya no le molestaba para nada, hasta a veces se alegraba de tenerla cerca. Ya no se sentía tan solo.

Él no la molestaba para nada, se alegraba de tenerlo cerca. Ya no se sentía tan sola…

-¿Falta mucho?- preguntó Guillermo con serenidad alguna de aquellas noches, sentado junto al fuego de la chimenea.

Ella dudó.

-No…

Empezaron a hablar. Ella le hacía muchas preguntas. Esto a él le causaba algo de gracia. Juraría que una vez ella estuvo a punto de reír… de reír de verdad.



Rocío Foltran

martes, 8 de septiembre de 2009

Eterna - Parte 1


[Dedicado a Calu, porque compartimos la pasión de la literatura en mayor o menor medida, y por confiar en mi ♥]


Guillermo Rodríguez era normal, un hombre normal. Soltero, mediana edad, era científico y médico y trabajaba en un laboratorio en la Capital. Se preocupaba por los demás y era amable con cualquiera, sin importarle quien fuera. Era querido y respetado por todos sus amigos. Normal y corriente.

Hasta que un día se sintió perseguido. No entendía por qué, pero se ponía nervioso. Miraba a través de las ventanas con aprensión. A veces le parecía que unos ojos negros y sombríos lo seguían.

-Jaja, es que estás muy solo- le comentó una amiga uno de esos días. Él se había animado a contárselo a ella, que era buena escuchando y dando consejos. Ahora se arrepentía un poco, mientras la sangre le subía a la cara y sentía el calor que despedía.

-En serio, no sé como nunca te casaste. Tuviste novias, ¿cierto? Será que nadie es tan bueno como para vos, como para merecerte- dijo ella tiernamente.

Guillermo siguió así por un par de semanas. Hasta que un día la vio. La vio desde la ventana de su oficina en el trabajo.

Pelo negro hasta los codos. Lacio y opaco. Piel pálida como la nieve. No, no era Blancanieves. Sus labios apenas tenían color y sus ojos, de párpados caídos, eran negros y sombríos. Había algo oscuro en su mirada, algo incluso triste. Daba miedo mirarla. Guillermo sintió algo frío en el estómago, y una leve sacudida en las tripas le hizo bajar la mirada.

Cuando salió no la vio.

Cuando llegó a su casa sí.

Guillermo se quedó duro, mirándola pero evitando sus ojos. Ella se acercó despacio.

Él no supo por qué lo hacía, pero abrió la puerta de su casa y la dejó entrar. Ella caminó en silencio hacia el sillón de la sala de estar y se acomodó allí. Él se sentó enfrente.

Él y ella. Ella y él. Se miran. No hablan. Ni un sonido. Ella. Ella, la sombra. Ella, eterna. La que da miedo. La que temen.

-Supongo que ya sabrás quién soy y qué hago acá- dijo ella por fin.

Él asintió lentamente con la cabeza. Aunque no supo cómo ni por qué. Aunque creyó que cinco segundos atrás no sabría responder a la pregunta.

-Bueno… tanto mejor…- suspiró ella. Miró un segundo hacia el tramo de calle que se veía desde la ventana de la sala de estar. Luego volvió a mirarlo a él y sonrió. “Una sonrisa macabra”- pensó Guillermo.

En un intento de evitar sus ojos, bajo la vista y se encontró con unas manos blancas y limpias. Limpias de todo vestigio de vida. Y entonces vio algo que le heló la sangre. No había nada en sus manos. Nada. No había líneas ni arrugas. No tenía líneas en las palmas. Ella se dio cuenta de su mirada y lo que acababa de ver. Tendió sus manos hacia el hombre asustado que tenía enfrente y sonrió aún más.

-No… no hay líneas. Y no me sorprende que te asustes. Preguntá lo que quieras. Esas cosas que pasan ahora por tu cabeza, por ejemplo. Tenés derecho a saber.

Guillermo tragó saliva y se animó a mirarla a la cara. Algo en él se relajó y un montón de palabras sin sentido brotaron de su boca. Volvió a tragar saliva y empezó de nuevo.

-¿Por qué tus manos no tienen líneas? ¿Ni huellas digitales siquiera?

Ella rió con una risa fría y sin alma.

-No, nada. ¿Por qué? Porque no tengo vida. Qué pueden mostrar mis palmas si no hay nada más que lo que ves adelante. Ni vida ni alma tengo. Una vez tuve…- dijo de repente. Como si se hubiera dado cuenta de lo que acababa de decir, agregó- pero ya no recuerdo.

-Contame. Quiero saber- dijo exaltado Guillermo.

Ella lo miró casi con severidad y él se asustó.

-No me tengas miedo. La gente me teme y no sé por qué. Yo no le hago daño a nadie. Sólo soy el capitán del barco y ayudo a la gente a hacer su travesía. Más bien un remero, del río Estigio[1]. Yo no obligo a las personas a viajar. Las ayudo cuando deben hacerlo. Yo no hago el destino.

Guillermo sintió el peso sobre su pecho aflojarse. Pensó y reformuló el pedido.

-Eh… ¿Siempre exististe? ¿Siempre te encargaste de… los remos?

Ella se acomodó en su asiento y habló suavemente. Una suavidad peligrosa. Peligrosamente dulce y macabra a la vez. Como un cuadro de Mark Ryden[2].

-Tengo demasiados años como para contarlos. Pero no existí siempre. Un día me dieron vida y nací. Y crecí y tuve una vida común. Fui mujer una vez. Hace demasiado tiempo. Demasiado.

Guillermo no entendía. ¿No era ella l…?

-Alguna vez los hombres fueron inmortales. Alguna vez vivían para siempre. Hasta que uno se cansó. Uno y muchos se cansaron. No podían hacer aquel viaje, que ahora tanto temen, porque su condición se los impedía. Necesitaban ayuda. El soberano de la tierra donde yo vivía se cansó y quiso encontrar la manera. Consultó miles de hechiceros y magos. Hizo lo imposible. Se intentó suicidar de mil y un maneras. Pero el río lo devolvía. Era su tortura y tormento.

-¿Por qué querían morir? ¿De qué se podían llegar a cansar? ¿No es bueno vivir para siempre?

-El hecho de ser inmortales no los hacía inmunes. Ellos también tenían enfermedades, dolores y sufrimientos. Algunos eternos como su vida. Muchos querían que eso terminara. Imagina dolores terribles causados por una enfermedad. E imagina que no se puedan acabar nunca, porque tu propia vida no termina nunca. Algún día entenderás. Algún día entenderás que hay cosas que deben encontrar su fin alguna vez. Algún día entenderás que hay cosas peores que cruzar el Gran Río[3].

Guillermo asintió. Le costaba imaginarse eso, pero pensó que hubiera preferido que terminase.

-Ahora bien, encontró la manera. Alguien debía sacrificarse para ayudar a las personas a pasar al otro lado. Alguien puro y sin miedo al más allá. Debían extraerle alma y vida a través de rituales sumamente complicados… y dolorosos. Me eligieron a mí. Me encargaron vivir en el abismo entre dos mundos. No quise, pero no tuve opción. Estuve por miles de años viviendo sin vivir, solitaria, sólo rodeada por sombras humanas. Sin poder comer, ni beber, ni amar, ni llorar, ni morir…

Ella suspiró con un dejo de tristeza que no llegaba a ser.

-Ya ni recuerdo cómo son los sentimientos y las emociones… Fue hace demasiado tiempo. Ya no importa- agregó finalmente-. Vuelvo mañana.- Se levantó despacio y desapareció por la puerta de la casa.

Guillermo dudaba que no le importara.

[1] En la mitología, río de la muerte. Las personas debían cruzarlo una vez que morían para llegar al infierno o el cielo.

[2] Pintor estadounidense de obras góticas y oscuras. Su pintura más famosa es “Rose”, en la cual hay una niña llorando sangre. Es muy dulce, triste y macabra a la vez.

[3] El “Gran Río” se refiere al Estigio. (Ver nota 1)



Rocío Foltran