
Hipnotizado por la línea, se quedó un buen rato observándola. Era perfecta, obra de un buen pulso. Pintada sobre el suelo de gravilla, delimitaba dos terrenos totalmente distintos. Y él debía cruzarla. Había llegado hasta allí, y debía hacerlo. Pero la línea lo miraba, intimidante. Le sostenía la mirada, y el hombre no pestañeaba. Congelado, sintiendo un escalofrío recorrer su columna vertebral, simplemente estaba allí parado, con sus ojos clavados en ella. Y ella esperaba, desafiante. Contrajo un músculo y, aún hipnotizado por aquella recta marfil, puso un pie delante del otro y avanzó.
Diez policías armados cayeron sobre el preso que no había terminado de escapar. La línea sonrió, satisfecha.
Rocío Foltran

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