viernes, 19 de marzo de 2010

Clara - Parte I



Vivimos escapando, escondiéndonos entre sueños de cristal, que no dejan de quebrarse. Vivimos escapando de los fantasmas del pasado, que con su mirada transparente y vacía nos siguen constantemente, sin dejarnos olvidar. Vivimos corriendo, aunque casi nunca sepamos exactamente hacia dónde. El destino nos arrastra, nos maneja. Nos tironea con sus hilos invisibles, ataduras irrompibles. Vivimos, controlados por el tiempo, cuyo paso inexorable no nos deja espacio ni para respirar. Las agujas continúan moviéndose incesantemente, y nosotros vivimos a su ritmo. Sin importar lo que suceda, nosotros vivimos, aferrándonos a esta única verdad. Vivimos.
Y ella, como todos los demás, vivía, sólo viviendo, yendo siempre para delante, un hilo más del tejido del mundo. Un pequeño departamento en el centro de la ciudad, pocos muebles, pocos lujos. Una cama solitaria, de sábanas blancas. La cocina impecable, poco usada. Una sala con dos sillones, un escritorio con una computadora, y una televisión, constantemente encendida. Un pequeño perrito maltés es su única compañía, en aquel departamento solitario en el centro de una gran urbe. Pequeño e insignificante. Sólo uno más del montón.
Siempre la misma rutina. Ella se levantaba, se duchaba, se vestía con su ropa del trabajo. Monótono. Desayunaba, alimentaba a su mascota. Igual. Tomaba su bolso, cerraba la puerta con llave, se subía al auto, se iba. La vida de una oficinista no tiene nada de interesante. O eso pensaba ella.

* * *

Ese día ella decide cambiar algo. Toma su abrigo y dejando el auto frente a su edificio, empieza a caminar. No sabe hacia dónde, sólo piensa en caminar. Un viento fresco despeina sus bucles perfectamente formados. Pasa por una plaza, y mira a las madres jugando afectuosamente con sus hijos. Un nudo se le arma en el estómago.
Cruza una avenida, camina un par de cuadras. Por primera vez, mira con atención todo lo que hay a su alrededor. Observa a la gente, simples personas transitando sus vidas. Qué curioso. Ella ya no se siente parte de aquel mundo monótono. Está más allá. Las nubes empiezan a llover, y ella cierra los ojos sintiendo las gotas caer suavemente sobre su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, ríe. Se siente libre. Estira los brazos, y sonríe.
Al abrir los ojos, descubre que las calles están vacías. La gente ha ido a resguardarse de la lluvia. A ella no le importa, continúa su caminata por las calles ahora desérticas, por aquella ciudad igual a todas. Pero no es igual a todas en realidad, ella la hace diferente.
Llega a su departamento totalmente empapada, y se tira en un sillón a descansar. Se siente más liviana. Hay un peso sobre sus hombros que ha desaparecido. Ese día ella es feliz.
Los días siguientes, las semanas siguientes, de a poquito va haciendo cosas distintas para alterar la rutina que venía atormentándola durante tantos años. Empieza lentamente, pequeños cambios. Compra flores, y las distribuye por su departamento. Renueva su ropero. Comienza a disfrutar de su juventud, de la frescura de los 27 años. Sale con sus amigas, baila, va al parque, camina. Quiere viajar. Conocer nuevos lugares. Se toma un fin de semana libre y visita la costa. A su vuelta, trae consigo varios recuerdos. Con ellos adorna la sala, y con alegría se para a contemplarlos todas las mañanas. Algo esencial ha cambiado en ella, y aunque no sabe lo que es, le gusta ese cambio.

Rocío Foltran

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