
Los días pasan más rápido de lo que deberían. No nos dan tiempo a disfrutarlos. Queremos atraparlos, sostenerlos, pero se escurren como aire. Los meses corren, y cuando nos paramos a mirar alrededor nuestro, nos damos cuenta de que otro año más se ha ido. Y otro comienza, pero igual de rápido se nos escapa de las manos. Aunque tratemos de hacerlo durar, el tiempo se ríe y corre, mientras nosotros lo seguimos en una persecución eterna.
* * *
Clara se levantó perezosamente aquella mañana. Eran las 10, y tenía ganas de seguir durmiendo. A pesar de todos los cambios ocurridos, que la hacían muy feliz, aún había un hueco dentro suyo. Algo que faltaba. Pero no podía saber qué era.
Se desperezó y se vistió despacio. Desayunó un café con leche y tostadas, y luego de poner el lavarropas en marcha fue a buscar una gran caja azul que guardaba en el estante más alto del ropero. Se sentó en un sillón y lo abrió. Allí dentro guardaba fotos familiares y otros recuerdos asociados, mayormente, a su madre. Ella había muerto siendo Clara sólo una infante, y tenía vagos recuerdos de ella. Lo que más recordaba era su sonrisa. Su sonrisa brillante y alegre, como una luz en la oscuridad. Clara cerró los ojos y viajó atrás en el tiempo, a aquellos ojos azules, tan amorosos y llenos de vida, aquellas manos suaves acariciando su cabeza, aquellos labios tiernos besando su frente. Pero otro recuerdo, otro más oscuro, inundó su mente de un momento a otro. Abrió los ojos con brusquedad. No quería pensar en su enfermedad. No quería pensar en cómo se había llevado a su madre de a poco, dejando sólo un cuerpo cadavérico y sin luz propia, una sombra de lo que había sido.
Bajó la vista y se puso a revolver entre los viejos álbumes de fotos, tapizados de tierra por el olvido. No se permitía a menudo pensar en ella, ya que siempre la invadía una ola de dolor. Tomó un libro blanco, y con creciente curiosidad lo abrió. Era de la boda de sus padres. La vio allí, vestida de blanco, sobre una escalera decorada con margaritas multicolores. Y su sonrisa, nerviosa, emocionada, exultante. En la foto siguiente estaba con su padre, en la flor de su juventud, sus ojos oscuros brillando como nunca los había visto. Se tomaban de la mano, y sonreían para la cámara. Era tal la felicidad que reflejaba aquella fotografía que Clara se vio obligada a mirar hacia otra parte. Un dolor intenso oprimía su corazón. Pero ella sabía que no sólo se debía a lo mucho que extrañaba a su madre. Allí se dio cuenta. En ese preciso momento. Clara se sentía sola. Muy sola.
Suspiró, y cerró el álbum. Escuchó. El departamento estaba en silencio. Demasiado silencio. Sabía que su perro dormía, pero el silencio la desgarraba, la soledad le quemaba por dentro. Se contuvo. Un nudo se le armó en la garganta. Cerró los ojos y trató de respirar con normalidad. Pero era demasiado fuerte, y las lágrimas brotaron sin control. Se tomó el rostro con las manos, y allí se quedó, hecha un ovillo en el sillón. Media hora, una hora, una hora y media. Afuera llovía incesantemente. La sala estaba a oscuras, se oían las gotas repicar en los vidrios. Y un golpe seco. La caja azul había caído al suelo, esparciendo polvo y muchos otros álbumes sin abrir, muchas otras muestras y recordatorios de lo que ella no tenía. Y que tampoco esperaba tener.
Rocío B. Foltran

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