
Lágrimas cayendo por su rostro, una a una. Lentamente rodando, deslizándose por la suave pendiente de sus pómulos. Más abajo, más abajo llegando a la comisura de sus labios, donde en otros tiempos supieron haber miles de sonrisas, tan brillantes que contagiaban su alegría. Otros tiempos mejores. Las lágrimas llegan al borde y saltan al vacío, llevadas por la gravedad. Caen sobre su blusa color cielo, humedeciéndola. A través del hilo siguen descendiendo. Llegan a otro borde, y sin temeridad se precipitan. Esta vez, nada ni nadie las detiene en el vacío. Caen y caen. Con un golpe suave quedan tendidas en el suelo. Se juntan, se abrazan, se toman de las manos. Juntas, van recorriendo la planicie en la que se encuentran. En procesión, las lágrimas se mueven, dirigiéndose todas a un punto en común.
Una multitud de lágrimas unidas en el piso de linóleo. Un gran charco de tristeza, a dónde confluyen todas aquellas gotas de agua que desechan las personas en su dolor. Luego de un rato, desaparecen. Una a una se van. Cada una hacia un nuevo humano. A algunas, las más afortunadas, les toca ese día un funeral. A las lágrimas les gusta su trabajo.
R. B. Foltran

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