
Posó sus brazos suavemente en el alféizar de la ventana y se acomodó allí. Cerró los ojos y dejó que el viento revoloteara entre sus rizos, deshaciéndolos y volviéndolos a juntar. Abrió los ojos y contempló el horizonte, entremezclado con la bruma del mar. Estaba calmo ese día, a pesar de la intermitente llovizna. El mar estaba suave y pacífico, sin oleajes abruptos que interrumpieran su paz. El viento, sin embargo, no lo estaba. Podía verlo mientras iba y venía en remolinos, jugando y haciendo dibujitos en la arena. Intentó imaginar que escribía su nombre, pero le pareció que “Gaïa” era demasiado complicado para esa coincidencia. Y aun así el viento se arremolinaba y levantaba granos de arena, trazaba surcos y aplanaba elevaciones, y ahí estaba. Gaïa. Ella sabía que estaban hablándole a ella.
Alzó la vista al cielo y vislumbró las esponjosas nubes, blancas y grises, muy acumuladas en algunos sitios. Vio una a una caer las gotas de agua, esféricas y brillantes, contrastando con el mar opaco y brumoso. Ellas caían, suavemente, flotando, sin dirección alguna, libres. Libres de sentir el viento pasando a su alrededor y caer y caer, sin importar que en algún momento se estrellaran contra el suelo. Porque aunque la solidez fría del suelo interrumpiera su viaje, valía la pena mientras duraba. Y allá a lo lejos caían para reencontrarse con otras gotas de agua, donde ya no importaba demasiado dónde estaba una y no la otra, porque eran todas una sola y estaban en paz.
Gaïa volvió a cerrar los ojos y sintió nuevamente el viento en su rostro. Soñó que un centenar de mariposas multicolores venían a su encuentro y la sujetaban, mechón por mechón de su pelo. Y sentía que flotaba, y que se elevaba suavemente y al compás de los remolinos. Sintió las gotas de lluvia y un rayo de luz que se filtró entre las nubes. Sus pies se separaron del suelo y escuchó el rumor lejano del mar. Su nombre, otra vez. Ella quería ser como las gotas de lluvia, y estar en paz. Se elevó con las mariposas y sonrió de felicidad. Por primera vez sentía que una felicidad plena la embargaba. Y flotó y flotó. Y cayó. Pero aunque la solidez fría del suelo interrumpiera su viaje, valió la pena mientras duraba.
Rocío B. Foltran

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